miércoles, 23 de octubre de 2013

Consignas para el taller de "El Buen Dolor" de Guillermo Saccomanno.

Les dejo aquí las consignas que pergenió Cecilia para El Buen Dolor:


1 La  novela en se divide en tres partes: de qué trata cada una, quiénes son sus personajes, también revisar los epígrafes y los títulos, su  relación con lo narrado. Una digresión:¿ por qué el libro comienza con la historia del hombre del Pontiac?
2. Es un texto muy elaborado a pesar de su brevedad. Realidad social y política, cotejo de ideologías y de estéticas aparecen juntos a serias reflexiones sobre la vida del ser humano y por añadidura hay una constante referencia al oficio literario. ¿Cómo se logra todo esto?   
3. ¿Cuántos narradores hay? ¿Qué rol se le asigna a cada uno de ellos? 
4. Podríamos pensar en una novela circular, sí/no por qué. 
5. Reflexiones individuales que les suscitó la lectura, qué le quisieran preguntar al autor?


lunes, 7 de octubre de 2013

Conociendo un poco mas a Guillermo Saccomanno

Existen gran cantidad de notas realizadas a este escritor argentino. Uno pone su nombre en Google y aparecen notas, premios, videos, columnas en Pagina 12... Es amable y en algunas entrevistas muy colaborador con el entrevistador. Como se dice ahora, "rema" la nota sin importar el nivel o la obviedad de la pregunta.   Les pongo aquí un resumen de lo que me pareció lo mas trascentente con respecto a su vida.

Cronología

1948
Nace en Buenos Aires, Argentina.

1972
Comienza a colaborar como guionista para la editorial Columba de Buenos Aires que, entre 1970 y 1975, alcanzaba récords de ventas: dos millones y medio de ejemplares de revistas de historietas por mes.

1973
Colabora con el dibujante Leo Durañona para algunas editoriales norteamericanas. Escribe el guión de "Ángeles caídos", para Warren Publishing de Estados Unidos. Crea la serie policial "Sam Malone", con dibujos de Enio.
Con el dibujante Horacio Altuna realiza "Serie Negra", continuada posteriormente por el dibujante Gustavo Trigo.

1974
Integra, desde el primer número, el staff de Skorpio de la editorial Récord de Buenos Aires, dirigida por Alfredo Scutti. Esta revista de historietas llegó a vender 70.000 ejemplares por mes.
Junto a Rubén Marchionne, escribe "Alias Flic" en Corto Maltés, otra publicación de la editorial Récord.

1975
Escribe varias historietas humorísticas para la revista Chaupinela, dirigida por Andrés Cascioli, que sería prohibida por "desacato" por el gobierno de Isabel Perón.
En diciembre, para el N° 15 de la revista Skorpio, crea junto a Carlos Trillo la sección "El Club de la Historieta", espacio de crítica y creación donde se publican ensayos y comentarios. Posteriormente, hacen una sección en la revista Tit-Bits, también de ediciones Récord, publicada en forma de capítulos y recopilada posteriormente en el libro "Historia de la Historieta Argentina".

1976
Realiza la historieta El Aire, con dibujos de Alberto Breccia, para la revista italiana "Linus".
"En el 76 mi viejo trabajaba en la Municipalidad y lo sancionaron. Considero que él también fue una víctima de la dictadura. Empezó su enfermedad, un accidente cerebral tras otro y el peregrinaje por los hospitales. Una casa así se va a la mierda: esa enfermedad sumada a la falta de recursos contamina la solidaridad de los lazos familiares, la ternura de una mujer, la alegría de un adolescente", señala en la entrevista realizada por la escritora Mónica Sifrim en "Clarín", el 13 de junio de 1999.

1979
Guiona para Skorpio las historietas "Derek" y "El condenado", ambas con dibujos de Domingo Mandrafina. Esta última estaba ambientada en Buenos Aires y transcurría en la década del 30:
"El mundo de la delincuencia no parece explotado en plenitud. Los personajes no suelen utilizar ni el argot ni los códigos de ese ambiente y, muchas veces, la criminalidad es apenas una excusa para desarrollar otras historias de personajes simpáticos, traviesos o nobles. Salvo en el caso de historietas como las escritas por Guillermo Saccomanno – El condenado y Ángeles caídos- donde el universo de la no justicia aparece en su complejidad (...) El trabajo después de hora, el descubrimiento del horror, la policía, el juicio, la cárcel, la fuga, extendidos en distintos episodios, son una única gran secuencia contada de modo contundente y eficaz, tanto por Guillermo Saccomanno, el guionista, como por el dibujante", del libro "La historieta argentina". Una historia, de Judith Gociol y Diego Rosemberg, Editorial De la Flor, Buenos Aires, 2000.
Colabora como guionista con editoriales españolas, inglesas, italianas y norteamericanas.
Se edita su libro de poemas "Partida de caza".
En la revista El Péndulo, de Ediciones de la Urraca dirigida por Marcial Souto -del que sólo saldrían cuatro números entre septiembre y diciembre de 1979- realiza una adaptación del cuento "William Wilson", de Edgar Alan Poe, con dibujos de Alberto Breccia; y guiona "Querida Madre" con dibujos de Leo Durañona.

1980
En colaboración con Carlos Trillo escribe "Historia de la historieta argentina", publicada por Ediciones Récord. Obtienen el premio otorgado por Yellow Kid por este trabajo.

1981
Realiza el guión de Gómez, para la revista Superhumor, de Ediciones de la Urraca, con dibujos de Gustavo Trigo. En este medio también realizará "Serie gris", con dibujos de María Alcobre; y "Sol de noche", dibujada por Patricia Breccia.
"Publicada durante la dictadura militar, en la tira se nota la necesidad imperiosa de los autores por decir –casi vomitar- ideas y eso la vuelve un poco caótica. (...) Abundan los guiños ideológicos (las canciones de rock nacional, los circuitos culturales de La Giralda y La Paz) y los desafíos al régimen: escuchar música prohibida, salir sin documentos, tapar con barritas negras los ojos pero no las tetas. (...) Es el mundo imaginario de los cómics el que salva a Sol de la depresión y la soledad", del libro de Gociol y Rosemberg.
También en Superhumor aparecerán tres historias unitarias, con guión de Saccomanno y dibujos de Francisco Solano López: "Avenida Corrientes".

1984
Ediciones de la Flor, de Buenos Aires, publica su primera novela "Prohibido escupir sangre".

1986
Se edita su libro de cuentos "Situación de peligro", publicado por Ada Korn Editora, de Buenos Aires.

1987
Publica la historieta Ángeles caídos, con dibujos de Leopoldo Durañona, en la revista Fierro, de Ediciones de la Urraca.
"... aparece un mundo delictivo que no está protagonizado ni por los clásicos ladrones arrepentidos, ni por la mafia al estilo Al Capone. Los personajes principales forman una banda de marginales –una mujer, un lisiado, un gordo, un negro jorobado-, cuyos delitos tienen que ver con su condición de desclasados, de parias. Más que victimarios, son víctimas", del libro antes citado de Gociol y Rosemberg.
Reaparece la tira "Sol de noche", con guión de Saccomanno y dibujos de Patricia Breccia, en Fierro.

1989
La editorial Puntosur publica la novela "Roberto y Eva. Historias de un amor argentino", que gana un concurso realizado por la Revista Crisis de Narrativa Latinoamericana.
"En realidad, empecé a escribir esta novela a comienzos de los 80, por un artículo de César Tiempo que había encontrado en una revista, en el que relata que una noche de bohemia en la Avenida de Mayo se llegaron a conocer Roberto Arlt y Eva Duarte. La anécdota que yo retomo en la novela comienza cuando Arlt entra puteando a un bar por la ubicación de la estatua de Florencio Sánchez y en un gesto nervioso vuelca un cappuccino sobre la falda de Eva. Ella se va al baño, vuelve tosiendo y dice: ’Esta tos me va a matar’. Casualmente, Evita y Arlt mueren el mismo día con diez años de diferencia: Eva en el 52 y Arlt en el 42. A partir de este dato se me ocurrió urdir algo que tiene que ver con la literatura y la política, representado en el encuentro entre ellos y en la aparición de un personaje que se parece al astrólogo de Los siete locos y tiene un rol preponderante en la vida de los personajes, al mismo tiempo que anticipa la figura de (José) López Rega." Fragmento de la entrevista extraída de la edición digital del diario La Unión.
Se va a vivir a Villa Gesell, una pequeña localidad costera de la provincia de Buenos Aires.

1990
En noviembre se comienza a publicar en la revista Fierro, la historieta "Videoshow", con dibujos de Pablo Páez.
"... cuenta la historia de Lucas, un videasta que pone el cuerpo en su trabajo. Pero también es mucho más que eso: constituye una denuncia –por momentos reduccionista- de una cultura mediática que vira, cada vez más, hacia el morbo, la superficialidad y el sensacionalismo", del libro de Gociol y Rosemberg.

1991
Editorial Planeta de Buenos Aires publica su libro de cuentos "Bajo bandera", dentro de la colección Biblioteca del Sur, con el que obtiene el Segundo Premio Municipal de Cuento.

1994
Se publica su libro de cuentos "Animales domésticos", de Editorial Planeta (Buenos Aires).

1997
Publica el libro de cuentos "La indiferencia del mundo", por el que recibe el Premio Municipal de Cuento.
"Después de ’Animales domésticos’ saqué otro libro de cuentos, ’La indiferencia del mundo’, con el que gané el Premio Municipal de Literatura. Esto fue graciosísimo. Fue un libro que Planeta me había rebotado, lo presento al Municipal y ¡gano! Te lo rebotan en una editorial y vas a otro lugar y ¡te ganás un subsidio de por vida! No es joda. Y bueno, esos cuentos tienen que ver con que desde hace años vengo trabajando un cuento por mes en Página/30. Obviamente, esto te proporciona un oficio, tenés que apelar al poder de síntesis. Por ejemplo, no te podés tomar tiempo para un diálogo porque en diez líneas te comiste el cuento". De la entrevista de Patricia Rodon, Uno, Mendoza, 8 de agosto de 1999.
"Bajo bandera" es llevado al cine con guión del propio Guillermo Saccomanno y Juan José Jusid. Se estrena el 21 de agosto de este año.
El 18 de septiembre se estrena "24 hs. (algo está por explotar)", film dirigido por Luis Barone y con guión de Saccomanno.

1999
La editorial Emecé, de Buenos Aires, publica su novela "El buen dolor".
"Este libro me lo debía. Tiene más de ocho años, y la parte del asesinato de la abuelita viene de un cuento que escribí a los 17, y que una amiga guardó desde entonces. Creo que ese cuento estaba muy bien: era parte de una serie que había visto el gordo Osvaldo Soriano. El apostaba por esos cuentos, decía que tenían algo que no había en nuestra literatura", de la entrevista de Mónica Sifrim, Clarín, 13 de junio de 1999.
Ofrece su testimonio para el film "H. G. O.", con guión y dirección de Víctor Bailo y Daniel Stefanello, una biografía de Héctor Germán Oesterheld –autor de la historieta "El Eternauta"– secuestrado y desaparecido durante la última dictadura militar argentina.

2001
Obtiene el Premio Nacional de Novela por "El buen dolor".

2003
Editorial Planeta de Buenos Aires publica la novela "La lengua del malón".
"’La lengua del malón’ nació de otra novela que estoy escribiendo sobre los años 70, que es la historia de la nieta de Delia: una chica nacida en la ESMA a quien le dicen que su madre puede estar viva. Para contar esa historia, tuve que remontarme hasta el 55, porque la violencia política de los 70 no se explica sin el 55. En ese momento queda clara la relación entre intelectuales y poder, cuando el grupo Sur se acomoda con la Libertadora. Esto llega hasta hoy: cierta cultura liberal se enseñorea y hace alianza con el poder. De ahí que Gómez se pregunta: si como intelectual amo la literatura inglesa y tengo ideas elevadas, ¿cómo es posible que tenga un secreto goce cuando veo la quema de libros en la Casa del Pueblo? Es que hay un correlato anterior: el atentado en la Plaza de Mayo. Y esas cuestiones no se resuelven desde lo literario, sino desde lo político." De la entrevista de Flavia Costa, Clarín, suplemento Cultura y Nación, 6 de septiembre de 2003.
Se filma "El tigre escondido", dirigido por Luis Barone y con guión de Guillermo Saccomanno, Liliana Escliar y Luis Barone. Su estreno está programado para el 2005.
Se trabaja en la producción de la película "Dejá tu mensaje después de la señal", en base a una adaptación de un cuento de Saccomanno. El guión y la dirección son de Víctor Bailo y Daniel Stefanello.

2004
Con el título de "El amor argentino", la editorial Planeta reedita "Roberto y Eva. Historias de un amor argentino".
"Con estructura similar a la de La lengua del malón, Saccomanno arma su novela superponiendo diversas historias: la de Eva desde su crianza en Junín hasta su vida en Buenos Aires (construida en relación intertextual con La razón de mi vida); la de un Arlt contaminado alternativamente por Astier y Erdosain (personajes de sus novelas), quien se encuentra varias veces con el Astrólogo; la de Hurtado, aquel viejo cascarrabias que le cuenta a Gómez la historia de Roberto y Eva; y finalmente la del propio Gómez, quien, durante enero de 1959, no sólo escucha la historia de Hurtado, sino que también escribe un ensayo sobre El matadero de Echeverría, mientras se encuentra clandestinamente con su pareja, Aníbal, obrero del frigorífico Lisandro de la Torre." De la crítica de Soledad Quereilhac, La Nación, 3 de enero de 2005.
Fuente: http://www.buenosaires.gob.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/saccomanno_bio2_es.php



Obra

Moby Dick (1972), historieta con Durañona y Enrique Breccia;
Alias Flic (1974), historieta con Marchionne;
El aire (1976), historieta con Alberto Breccia;
Partida de caza (1979), poemas;
Derek (1979), con Mandrafina;
Historia de la historieta argentina (1980), ensayo en colaboración con Carlos Trillo;
Avenida Corrientes (1981), con Solano López
Prohibido escupir sangre (1984), novela;
Situación de peligro (1986), cuentos;
Angeles caídos (1987), historieta con Durañona
Roberto y Eva. Historias de un amor argentino (1989), novela intertextual que relaciona a Roberto Arlt y Eva Perón. Reeditada por Planeta en 2004 con el título: El amor argentino;
Bajo bandera (1991), cuentos;
Animales domésticos (1994), cuentos;
La indiferencia del mundo (1997), cuentos;
El buen dolor (1999), novela;
La lengua del malón (2003), novela ambientada en 1954-1955, en el marco de los hechos de violencia sucedidos en los años finales del gobierno peronista;
El Pibe (2006), novela;
77 (2008), novela;
El oficinista (2010), novela.
Un Maestro (2011), novela.
Cámara Gesell (2012), novela

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Guillermo_Saccomanno

Videos

Programa Los 7 locos de 2011



Reportaje febrero 2013



Comenta  la novela "77"



Comenta "El Buen Dolor"

jueves, 3 de octubre de 2013

El Buen Dolor - Guillermo Saccomanno

Les transcribo aquí una nota aparecida en Página 12 y otra en La Nación en 1999, cuando G. presentó El Buen Dolor.


Saccomanno se juega con su nueva novela

Casa natal


                       En una era de novelas históricas que visitan pudorosamente la vida privada de los próceres y de talk-shows televisivos que trivializan las intimidades de los ciudadanos anónimos, Guillermo Saccomanno demuestra con su nuevo libro la potencia literaria que puede alcanzar lo confesional. Las 150 páginas de El buen dolor sobriamente dicen que no hace falta pertenecer a los Buendía para escribir sobre la familia y que no es necesaria una novela-río para contar la historia de los padres.


Por CLAUDIO ZEIGER


                                Se había acostumbrado (y había acostumbrado, de paso, a sus lectores) a un puñado de evidencias sobre su propia literatura. Hasta hace poco más de un año, Guillermo Saccomanno era el escritor argentino que estaba llevando a la práctica en forma consecuente la premisa arltiana de la prepotencia de trabajo. Un dogma que lo impulsaba a producir cuentos cortos aceitados, precisos en su capacidad de sintetizar en pocas páginas las experiencias de los demás, al mismo tiempo que trabajaba en guiones de películas como Bajo bandera (basado en su propio libro de 1991) y 24 horas, todo combinado con sus colaboraciones periodísticas y sus talleres literarios. Cuando parecía que Saccomanno había elegido definitivamente la eficacia (y a veces el efectismo) del cuento breve, el cross a la mandíbula –con los evidentes riesgos de automatización y los beneficios de la eficacia–, el rumbo cambió bruscamente. La reciente aparición de El buen dolor, una novela corta estructurada en base a tres relatos, obliga a poner entre paréntesis la imagen de ese Saccomanno ensimismado en el oficio. Es, durante 150 páginas, un escritor que se ha despojado de cualquier mameluco protector y de cualquier forma de defensa. Dueño de una absoluta precisión de estilo, eso sí. Y decidido a poner en suspenso las historias de los demás –las crónicas de costumbres, los personajes sociales– para volver la mirada sobre su propia historia. Los interrogantes que ahora plantea su literatura son súbitamente otros. Ya no ¿cómo hablar de los nuevos pobres o los nuevos ricos, de los contrastes sociales de una ciudad enajenada? como surgían de los relatos de sus últimos libros, Animales domésticos (1993) y La indiferencia del mundo (1997), sino: ¿cómo hablar de la vieja pobreza y el viejo dolor, de la enfermedad aniquiladora de la abuela real, de los recovecos sutiles y sinuosos de una relación padre-hijo, de la casa natal en Mataderos?

En otras palabras, Saccomanno volvió a ser un escritor en situación de peligro (como se llamaba ese otro libro suyo, de 1986, que mereció el Premio del Club De Los XIII con su vívido relato de la relación padre hijo). Saccomanno ha escrito nuevamente sobre el padre, sobre los orígenes, la casa paterna, sobre la literatura y sobre sí mismo, y lo ha hecho de una forma seca y cortante. El resultado es un gran libro, que rescata unas atmósferas y unos sentimientos como hacía rato no aparecían tratados en la literatura argentina. El buen dolor es un libro sobre el pasado argentino de un escritor argentino surgido de las entrañas de la clase media baja. Saccomanno recuerda y cuenta. Y, lejos de la melancolía que embellece el pasado, decidió hacer foco en los síntomas más agudos de aquello que seleccionó su memoria, que es lo que la marcó a fuego: la enfermedad, la pobreza y el dolor, contemplados por una persona que se acostumbró a mirar el mundo desde la perspectiva de la literatura. Alguien consciente de que ya no está sumergido en la pobreza, pero que a pesar de todo, como se dice a sí mismo el narrador del libro, empezabas a darte cuenta de que determinados sentimientos que generan la pobreza y la enfermedad iban a perseguirte siempre, por más fugas que tramaras.



MUNDO, MI CASA “Yo puedo seguir escribiendo cuentos, puedo hacer sesenta o setenta más y sé que van a estar bastante bien porque tengo el oficio. Puedo escribir un cuento sobre un pibe que entra por primera vez a la villa. Sé hacerlo. Pero ¿cuándo escribir sobre la historia de uno?” dice Saccomanno ahora. Esta breve novela tiene sin embargo una historia larga. Es uno de esos libros que los escritores arrastran como almas en pena mientras escriben otros libros y se dedican a otros menesteres. Cuenta Saccomanno que ya en 1993 había una versión que no lo conformaba, y en cierto modo los desvíos de la realidad también fueron los desvíos que luego aparecen en los textos de El buen dolor.

En la primera parte, el narrador nos cuenta esa infancia que transcurre en la única casa del barrio al que llegaba la revista Life, “situada en el límite entre Floresta y Mataderos”. Era la casa de la abuela, que como tantas viviendas de la zona y de la época, remataba al fondo con jardín, gallinero y parra en el patio. El hijo de esa abuela y padre de Guillermo –que era sastre, que había querido ser periodista y que también llegó a publicar algunos libros– le dice a su propio hijo que, si se levantaran de improviso todos los techos de la ciudad y los hombres pudieran ver cómo viven los demás, el mundo sería otro. Y agrega: Pero los techos no se levantaban. Y el mundo era esa casa. En esa casa muere la abuela tras una agonía horrible. Tan horrible que, para liberar al resto de la familia del pavoroso espectáculo de sus aullidos, de las llagas y la demencia, el nieto decide apurar su paso al más allá. Lo logra a medias. Cuando va a liquidarla, la abuela acaba de morir por sus propios medios. Tiempo después, el escritor en ciernes ejecuta su primer cuento: un cuento sobre la abuela. El padre –después que el hijo se lo da a leer con cierta aprensión– le dice que le gustó, que está bueno, pero que le falta algo: Te falta experiencia.

“Ese cuento existió. Lo escribí a los 17 años” recuerda Saccomanno. “Se llamaba Dale un beso a tu abuelita, y eran como las placas de la vida que iban pasando mientras le daba un beso a la abuela en el ataúd. Bueno, es increíble la cantidad de veces que yo perdí las copias de ese cuento. Finalmente quedó una en poder de una amiga actriz, Silvia Baylé, que inclusive lo tiene guionado porque estaba trabajándolo para adaptarlo en una obra de teatro. Pero cuando el cuento reapareció en mi vida el libro prácticamente ya estaba escrito. Ahora tiene un valor arqueológico.”

Muchos años después, con el libro a medio hacer y poco antes de que a su padre lo internaran para una operación, Saccomanno viajó a Villa Gesell (una de sus primeras incursiones en esta ciudad en la que ahora vive gran parte del año y que lo cuenta como uno de sus vecinos más conspicuos fuera de temporada). “Yo iba para tomar aliento antes de la internación de mi viejo en el hospital Fernández. Pensaba estar allá unos días y escribir. En el micro me encontré con la mujer que hoy es el personaje del segundo relato de El buen dolor. Ella me contó su historia: volvía a Gesell porque le habían entrado a robar a la casa, y ella estaba aterrada pensando que los ladrones le habían llevado las cenizas de su bebé muerto. Esa historia venía a desviarme de la historia de mi padre, del cuento de mi abuela y de mi infancia. En el libro, retomo la historia familiar en el tercer relato, donde cuento la enfermedad y la muerte de mi padre. Yo quería hablar sobre lo que sucede cuando la enfermedad y el dolor entran en un hogar de clase baja: es como una lucha en la que todos se vuelven contra todos.”

LAS PERSISTENCIAS “Yo me preguntaba cómo resolver esa mezcla de ficción y realidad, cómo crear una estructura de relato que se pareciera a la realidad” dice Saccomanno. “Estaba leyendo a Raymond Carver. Había sometido a mis alumnos de taller a un ejercicio devastador: escribir sobre el padre. Les había dado a leer textos clásicos sobre el tema, desde Lagerkvist a Cheever, desde Briante al Rey Lear y Kafka. Habían surgido unos textos tremendos, no necesariamente autobiográficos. Pero faltaba algo. Creo que lo pude resolver, en el taller y en mi propio libro, cuando metí la lectura de Marguerite Duras. En ella siempre me había interesado la brevedad de sus novelas, y también cómo trabaja el límite entre verdad y literatura. En el prólogo de El dolor escribió: esto no es literatura. Y yo justamente quería escribir un libro donde la pobreza y la enfermedad estuvieran en primer plano, que funcionara como testimonio de la desesperación. Como si le dijera a otros escritores: mucha novela histórica, mucho best-seller pero ¿entraste en un hospital alguna vez? De la pobreza y el dolor no se habla. Yo lamento tener gustos de clase, pero en este país o te alineás con Arlt o te alineás con Bioy. En mi caso hay una persistencia. Yo tengo la sensación física de cuando leí El juguete rabioso por primera vez. La abuela estaba agonizando, ese verano. Yo andaba al borde de la depresión y me acababa de dar un saque con Crimen y castigo. El juguete... lo leí en un galpón en el fondo de casa, una tarde de verano de calor terrible, entre las tres y las siete de la tarde. Si a los 16 años te pega Arlt, te va a seguir pegando toda la vida.”

DUELO DE ESCRITORES La figura central en esta épica de Mataderos es el padre. “Papá era sastre. Le disgustaba su oficio. Quería ser escritor. Había estudiado periodismo y, si no estaba empleado en un diario, se debía a su negativa a afiliarse al Partido Justicialista. Juntándose con socialistas y anarquistas, papá participaba de la oposición al peronismo” se cuenta en El buen dolor. La gran batalla del padre era con la otra gran fuerza beligerante de la infancia de Saccomanno: la abuela. “Según papá, la abuela era como el Estado. En nombre del bien, la abuela producía el mal”, escribe con humor sarcástico. Pero había una guerra más sorda y ambigua que se desarrollaba entre padre e hijo, y lo notable de esta batalla es que las armas con las que combatían eran los libros y las ideas. Eso era lo que los enfrentaba, aunque detrás de lo libresco estuvieran los sentimientos y la sangre. “Desde que yo tengo memoria mi viejo quería escribir. Durante años escribió una novela social ambientada en el puerto y una obra de teatro sobre una familia que se va devorando a sí misma. Llegó a publicar una novela policial, Alfil negro y ganó un Premio Municipal en teatro. Luego escribió unos cuentos que a mí me gustaban mucho”, recuerda Saccomanno. “Pero después de mis veinte años nos distanciamos. Eran los años sesenta y su programa atrasaba. Su autor predilecto era Emile Zola. Para colmo, había trabajado en el puerto y se entusiasmó con hacer la novela social de sus compañeros de trabajo. Yo, que andaba merodeando por las librerías, le venía con Pavese, Moravia, Pasolini... y él, a regañadientes, iba y los leía. Eran los sesenta: en una casa de clase baja podía haber una biblioteca considerable. Con mi viejo nos cagábamos a puteadas a través de los libros. Él estaba muy preocupado por su novela social y yo le caía con Henry Miller”.

EL VIEJO GESELL En la “ficción” de El buen dolor, Villa Gesell es el sitio al que un escritor inicialado G llega para escribir una historia y en el camino se desvía hacia otra historia. Un personaje apodado el Francés, dueño de un hotel de la villa, lo cuenta así: “Cuando alguien pide un cuarto en agosto, un mes bravo acá en la costa, algo arrastra. Lo veo venir al tipo. Me lo imagino haciendo el bolso, metiendo algunos policiales, abrigo y una botella”. En la realidad, Gesell es el lugar donde Saccomanno escribió los últimos cinco libros. “Todo lugar al que uno llega es territorio a conquistar. Yo llegué huyendo a Gesell”, confiesa. “Allí pude dejar atrás las pastillas y el alcohol, allí me puse a prueba como escritor. O te sentás y escribís, o palmás.”

Ahora le gusta mucho vivir y escribir allá buena parte del año. Porque “sin un mango, en Gesell sos rico, y en Buenos Aires aunque tengas una luca en el bolsillo seguís siendo pobre”. Además, Saccomanno goza de la compañía de los lugareños; todos unos personajes: cuando El buen dolor se le empastaba más de lo aconsejable, Miguel Paz “el gaucho” (encargado del edificio donde vive el escritor en Gesell) lo calmaba con las siguientes palabras: “Todo libro nos llevó un tiempo, Guille, tranquilo”. En cuanto al Francés que en el segundo relato de la novela cuenta las aventuras de G, en la realidad es el arquitecto Carlos Cottet, dueño del hotel El Arcoiris, donde en marzo se alojan los escritores que van al Encuentro de Narradores de Gesell. “Si hablamos de narradores hay que escucharlo al Francés. En invierno nos juntamos algunos amigos en el hotel, a comer y tomar, y él siempre tiene una historia. Vos nunca sabés muy bien lo que te está contando, pero siempre es interesante.”

LA INTIMIDAD DE UNA NOVELA Una vez terminada la faena, Saccomanno no se arrepiente para nada de no haber escrito una Gran Novela familiar, de haber derrochado tantas historias fuertes en un relato corto. “Yo quería escribir una novela corta” insiste. “La irrupción de Duras también me reafirmó en esa dirección. Igual siempre me acuerdo de algo muy divertido que me dijo Noé Jitrik: los que quieren escribir sagas sobre sus propias familias siempre creen que su familia es lo más grande que hay. Y no todas las familias son los Buendía”.

De paso por Buenos Aires, Saccomanno acaba de visitar a los que quedan de esa familia que ocupa los días y las páginas de El buen dolor, su madre y su hermana, precisamente para entregarles en mano el testimonio de ese buen dolor en forma de ejemplares. “Sí, por supuesto que tengo la sensación de que estoy violando la intimidad de un dolor, al escribir sobre él”, acepta Saccomanno. “Pero no lo dejé de hacer porque me parece que en la medida en que ese dolor se exhibe, se exorciza. Y funciona como denuncia: nos merecemos una vida más justa, eso es lo que quiere decir el gesto de escribir sobre la enfermedad y la pobreza. Y para eso hay que ir a la historia íntima. Yo no me propuse escribir un libro para denunciar las injusticias cometidas contra una familia. Estás inmerso en eso. Eso constituye tu historia, tu experiencia”.

Después vendrán las repercusiones, las críticas literarias, los lectores. Mientras tanto, el escritor resume los invariables comentarios familiares: No puedo leer esto con objetividad, le dice su hermana. ¿No podés escribir de otra cosa?, le dice la madre. ¿De qué vas a escribir si no es sobre lo que sabés?, le dice la hija del medio, la sensata. Nos merecemos una vida más justa, nos dice Guillermo Saccomanno.

Fuente


Un corazón tomado por la memoria

La novela más reciente de Guillermo Saccomanno, El buen dolor , obtuvo críticas muy elogiosas y el conmovido reconocimiento de sus colegas. Después de varios intentos de contar literariamente el pasado familiar, el escritor logró con este libro apresar de modo admirable la vida cotidiana de los inmigrantes y sus descendientes.

COMO reconocer el buen dolor?, ¿cómo distinguirlo de aquél que sólo trae mutilación y muerte? A Guillermo Saccomanno le tomó años, hasta que finalmente, y después de muchos intentos, pudo poner por escrito, probablemente en las mejores páginas que ha creado hasta el momento, dos de los capítulos más tristes de su historia familiar: la enfermedad y muerte de su abuela materna, y luego, de su padre.
"Con El buen dolor estaba más inquieto que con ningún otro de mis libros -dice- porque si bien yo puedo explicar que todo lo que cuento allí es ficción, en la medida en que el libro está motorizado por hechos de la realidad sentía que estaba violando algún pudor del sufrimiento de mi familia."
Después de haber trabajado durante años como creativo publicitario y guionista de historietas, Saccomanno se volcó por completo a la literatura. Entre sus obras se cuentan Roberto y Eva , Bajo bandera (en la que se basó la película homónima de Juan José Jusid), La indiferencia del mundo y Animales domésticos. En todos esos libros, la historia familiar del autor está insinuada o directamente convertida en materia narrativa.

La primera parte de El buen dolor relata la infancia y adolescencia del protagonista junto a su madre, su padre y su hermana, en la modesta casa de la abuela materna, una española enérgica que rige con mano de hierro la vida hogareña. La endeble seguridad familiar se desmorona cuando la enfermedad entra en la casa. El progresivo deterioro de la abuela parece contagiar las paredes agrietadas por la humedad, la huerta estrangulada por los yuyos y el abandono.

"Cuando le conté a mi madre que finalmente iba a escribir este libro me preguntó: ¿no podés escribir de otra cosa? Pero mi hija del medio, que tiene 13 años, opinó: papá, vos tenés que escribir de lo que sabés. Eso fue lo que hice, y lo puse a prueba con mi hija mayor, de 23. El libro le gustó, le pareció que era una reconciliación con el pasado. Con mi madre ocurrió algo gracioso. El día en que salió el comentario del libro en La Nación , se lo llevé (mi vieja no me lee, pero lee las críticas de mis libros). Y dijo: yo no sé por qué le dan tanta bolilla a este libro, si es una historia común, ¿quién no tuvo alguna vez un enfermo en la casa? Y mi hermana le explicaba: por eso le dan bolilla, mamá, porque es una historia universal; y mi vieja se la quedaba mirando. Todo esto mientras yo hacía el asado y ellas, las ensaladas."

Como a veces ocurre con quienes temen que su herencia latina los vuelva excesivamente emocionales, Saccomanno se esfuerza por explicar racionalmente su obra.

"Yo era escéptico respecto de que este libro se publicara. Tiene enfermedad y pobreza en primer plano, además de la conflictiva relación padre-hijo, pero era un libro necesario para mí; era como decir basta de careteadas . Estoy harto de todos estos años de frivolidad y pavada en la literatura. Yo también escribí cuentos con discotecas y con yuppies , pero ya basta. Venimos de los barcos, estamos padeciendo un sistema económico injusto. No estoy abogando por una literatura de denuncia, pero creo que la literatura no es sólo evasión. Acá, en los años 60 y 70, cuando buscabas explicaciones o querías formularte interrogantes sobre la realidad, ahí estaban Manuel Puig, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh. Esa literatura estaba muy fuertemente referenciada, y eso no le quitaba poder de imaginación."

En la casa de Saccomanno, emergen vestigios de la abuela: un reloj despertador, una foto. "Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos. Yo recuerdo cuando fui a España por primera vez, en el setenta y pico. En la casa de los parientes, en Santiago de Compostela, un familiar me mostraba emocionado el baño: había llegado a tener sanitarios y después de trabajar en el campo, podía pegarse una ducha. Si esto era así en los años setenta, pensá lo que sería en 1910, 1920. Aquellos tanos y gallegos que venían con una mano atrás y otra adelante también eran segregados. Por eso me indigna cuando se discrimina a los peruanos y a los bolivianos. Ahora la casa de al lado de la de mi vieja está llena de peruanos y bolivianos, parece una sucursal de El cóndor pasa . Y se matan laburando."

En la foto, la abuela es una figura cilíndrica y maciza, rematada por la cabeza redonda y, más pequeña, la esfera densa y oscura del rodete. Una columna capaz de soportar sola el peso de una casa. "Este soy yo de chiquito", Saccomanno señala al niño que sonríe junto a la columna, "todo flaco. Tengo buenos recuerdos de mi abuela, pero cuando una enfermedad dura hasta el final, los recuerdos buenos se borran. Sin embargo, hay algo que me queda y está en el libro. A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los 33 años. Cuando yo tenía 7 u 8 años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar. Imagináte a esa edad, que te cuenten eso mientras te dan vino, ¿sabés adónde te mandan?".

La tercera y última parte de El buen dolor narra la enfermedad del padre, que repite, de algún modo, la agonía de la abuela. "Cuando comenzó lo de mi padre, yo sentía que nuestra casa era víctima de una maldición al estilo Stephen King. Además, mi padre siempre quiso ser escritor, incluso llegó a publicar una novela policial, Alfil negro, y la rivalidad entre nosotros era durísima, una tensión que a veces no se soportaba. Pero creo que en el último tiempo hubo un armisticio, tuvimos distintos momentos de encuentro."

El buen dolor es también la historia de una generación, y una reflexión sobre la fragilidad humana. Hay algo parecido a una memoria genética de la pobreza, dice el autor. Quien tuvo mucho y lo perdió, quien tuvo poco y vislumbra la posibilidad de tener aún menos vive en un estado de alerta permanente. "Cuando una enfermedad empieza a ganar una casa, ocupa cada vez más espacio. De golpe te das cuenta de que la frutera y el aparador destinado a las especias están copados por los remedios."

A los 51 años Saccomanno parece mucho más joven. El sentido del humor, la voz despejada, la jerga juvenil que intercala sin forzar la situación, le confieren, por momentos, un aire casi adolescente. El dolor no le ha dejado marcas demasiado visibles. "No sé a qué atribuirlo. Tal vez sea el mar. Hace diez años que vivo en Villa Gesell y vengo a Buenos Aires sólo para dictar el taller literario. El trabajo me ordena la vida. Trabajo en lo que me gusta y en ese sentido me considero un privilegiado."

La abuela decía que el buen dolor es el que templa la fe. Saccomanno podría agregar que es el que permite contar el cuento. .

Por Verónica Chiaravalli De la Redacción de La Nación

Fuente




lunes, 23 de septiembre de 2013

Encuentros con Guillermo Saccomanno



                              Cerrando los festejos por el vigésimo aniversario del Taller municipal “Leyendo a…” conducido y creado por la profesora Cecilia Boggio, la Dirección de Cultura presentará los días 2 y 3 de noviembre en el Museo Municipal de Bellas Artes “Juan Sánchez” a este prestigioso escritor argentino quien el día sábado comentará sus obras “ El buen dolor”, “Un maestro”, “La lengua del malón” y “Cámara Gesell”, mientras que el domingo se referirá a los talleres de Creación Literaria y Lectura por Placer.  Ambas actividades tendrán inicio a partir de las 20hs.
                                     La inscripción se podrá realizar personalmente en la Dirección de Cultura, 9 de julio 960 de 8 a 13.30 o por correo electrónico a: secretariacultura@generalroca.gov.ar hasta el día 28 de octubre de 2013.
                                    El costo para ambos días es de 100$ (cien pesos) que se podrán abonar en nuestra dirección o en su defecto en el Museo el día del inicio del evento para aquellos que residan fuera de la ciudad.
Nota: Los cupos serán limitados y al cierre se ofrecerá un vino de honor.


jueves, 22 de agosto de 2013

El Gran Gatsby

Busqué algunas críticas literarias de la novela. Aquí les pongo un par.  La última comparando la novela y la película.  Mas abajo un PDF de un análisis de la novela mas exhaustivo.

El gran Gatsby

Fuente . http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_789

¿Quién es Gatsby, el personaje que da nombre a uno de los mitos creados por la novela del siglo XX? Jay Gatsby es un misterio, el hombre que se inventó a sí mismo y ha montado una inmensa fiesta para reconquistar a la deslumbrante Daisy Buchanan, que una vez lo quiso. Nadie sabe de dónde ha salido.
Estamos en la primera hora de la Edad del Jazz, en los felices y cinematográficos años veinte, en Nueva York, tiempo de diversión y emoción, orquestas y tiroteos. Gatsby vive en una fabulosa casa de Long Island, y a sus bailes acude «el mundo entero y su amante», cientos de criaturas a quienes no hace falta invitar, insectos alrededor de la luz del festín. La puerta está abierta, y la atracción más enigmática del espectáculo es el dueño de la casa, un millonario que quizá sea un asesino o un espía, sobrino del emperador de Alemania o primo del demonio, héroe de guerra al servicio de su país, los Estados Unidos de América, o simplemente un gángster, un muchacho sin nada que se convirtió en rico. Lo vemos con los ojos del narrador, Nick Carraway, que dice ser honrado y haber aprendido a no juzgar a nadie.

En el verano de 1922, buen año para la especulación financiera y la corrupción y los negocios que se confunden con el bandidismo, parece que sólo hubo fiestas y reuniones para comer y beber, y que pocas veladas acabaron sin perturbación. Hay amantes que rompen con una llamada telefónica la paz de un matrimonio, y una nariz rota, y un coche que se hunde humorísticamente en la cuneta, y un homicidio involuntario, y un asesinato, pero la diversión recomienza siempre. Jay Gatsby es un héroe trágico que se va destruyendo conforme se acerca a su sueño: la reconquista de una mujer a la que dejó para irse a la guerra en Europa. Quiere cumplir su deseo más inaccesible: recuperar el pasado, el momento en que conquistó a Daisy Buchanan.

La antítesis del desarraigado Gatsby es Tom Buchanan, marido de Daisy. Posee una identidad de hierro, sin discusión, ciudadano de valores sólidos, que cree en la familia, la herencia, el patrimonio y la supremacía de la raza blanca. Tiene una capacidad descomunal para imponerse.
Y alrededor de los Buchanan se fraguará un desgraciado pentágono amoroso, quebrado y desigual, como la sociedad de la época, tan igualitaria en sus espectáculos y diversiones democráticas. La revista Liberty se negó a publicar por entregas El gran Gatsby, a la que consideró una inmoral historia de amantes y adúlteros.

Cuando terminó El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald le escribió desde Europa a su editor: «He escrito la mejor novela de los Estados Unidos de América.» Y, en efecto, es una obra maestra que fue celebrada en el momento de su aparición, 1925, por autores como T. S. Eliot, Edith Wharton o Gertrude Stein. Y, posteriormente, por ejemplo, por Harold Bloom: «El gran Gatsby tiene pocos rivales como la gran novela americana del siglo XX. Al volver a leerla, una vez más, mi inicial y primera reacción es de renovado placer.»


El gran Gatsby: ¿son tan perversos sus personajes?

Fuente: http://www.americaeconomia.com/politica-sociedad/cultura-y-espectaculos/el-gran-gatsby-son-tan-perversos-sus-personajes
Autor: Jorge Marchant Lazcano

Jorge Marchant Lazcano es escritor chileno, ganador del Premio Altazor 2007 por su novela "Sangre como la mía" (Edición definitiva, Tajamar Editores, Chile, 2012). Su más recientes novelas son "El amante sin rostro" (Tajamar Editores, 2008) y"El ángel de la patria" (Random House, Chile, 2010).
Dom, 06/02/2013

El verano pasado visité Port Washington, en Long Island, que es donde se ubicarían West Egg e East Egg, las localidades ficticias enfrentadas en una bahía, donde viven los personajes centrales de "El Gran Gatsby", la novela que F. Scott Fitzgerald publicó inicialmente en 1925 y le dio fama eterna. Encontré por simple coincidencia un castillo a orillas del mar que bien podría haber sido la residencia de Jay Gatsby, de acuerdo a las imágenes que propone Baz Luhrmann en su versión fílmica. Todo texto literario tiene necesariamente alguna concreción física, más aún cuando los referentes son tan próximos como en el caso del realismo norteamericano. En ese momento, en Port Washington, tuve un ligero atisbo al mundo de Gatsby, como me sucedía permanentemente al recorrer las calles de Queens en donde viví en forma irregular durante estos últimos años. Me preguntaba a mí mismo donde podría haber estado el garage de Wilson frente al enorme cartel del oculista T.J. Eckleburg, que dominaba el panorama como los ojos de Dios. ¿Sería en Flushing o en Corona? Sin duda, antes de llegar a Astoria, cuando Gatsby y su comitiva se precipitaban al Queensboro Bridge para entrar desordenadamente a Manhattan.

¿Por qué todo esto? Quizás como pretexto para hablar de la película de Luhrmann, o mejor aún, para definir ciertas dramáticas diferencias con la novela de Scott Fitzgerald. Al releer el libro a uno le queda claro que es todo menos un melodrama folletinesco como lo es la película. Nada tiene "El gran Gatsby" de algún tipo de basura seudo-cultural sobre la vida de los ricos que se publica excesivamente en nuestros días. Todo lo que en la novela es contención, en la película es exceso; todo lo que es íntimo, se desborda descaradamente; todo lo que es riqueza de lenguaje se convierte en chabacanería de imágenes, como esas multitudes de sirvientes en la casa de los Buchanan, una suerte de "chorus-line" de un espectáculo de Broadway, rompiendo incluso la magia tan bien lograda de la presentación del salón donde yacen en esa modorra de millonarios, Daisy Buchanan y su amiga Jordan Baker.

Y aquí entramos de lleno en uno de los puntos más inquietantes en torno a la naturaleza de "El gran Gatsby". El sentimiento de que todos sus personajes, tal vez con excepción de Nick Carraway, el observador y narrador, son odiosos, torpes, tal vez lo que muchos consideramos hoy lo peor de la sociedad. De cualquier sociedad. Tom Buchanan, sin ir más lejos, es racista, clasista, despótico, abusador sexual. Daisy es arribista, fría, sentimentalmente falsa, calculadora, mentirosa. Y lo que parece peor, Jay Gatsby, el único ser capaz de sostener una débil esperanza -como la luz verde del faro al frente suyo-, está igualmente atrapado en ese mundo despiadado entregado a los más oscuros, perversos negocios y a la más completa explotación que se observa al paso en el paisaje del garage del mecánico Wilson y su patética mujer.

¿Podría ser una virtud que Luhrmann, con su desproporcionada imaginería de mal gusto, su juguete juvenil para espectadores perezosos, los dejara aún más expuestos a nuestro juicio?

Scott Fitzgerald dice en un prólogo que escribió para una edición de 1934 (publicado al parecer por primera vez en español en la edición de Tajamar Editores, Chile, 2013): "Creo que es un libro honesto, es decir, que no utiliza ningún virtuosismo para lograr un efecto", y casi en forma sarcástica agrega: "Como sus páginas no están cargadas de grandes nombres de grandes cosas y no se ocupan de campesinos (que son los héroes del momento), es fácil juzgarla de un modo que no tiene relación alguna con la crítica pero sí mucho que ver con hombres que han gozado de muy pocas ocasiones para expresarse".

Sin duda, él estaba prácticamente en sus inicios. Tenía 29 años al momento de publicarla y había encontrado un héroe que calzaba con sus sentimientos y con cierta imagen del mundo en que se había criado o que había creado. Probablemente no tenía mucha conciencia de los alcances políticos de esos despiadados millonarios, ni mucho menos de la tragedia económica que acechaba sobre su país, escribiendo en medio de excesos europeos, a punto de zozobrar a temprana edad. Estaba sumido en la más completa inocencia o en el más absoluto egoísmo, pero tal como se lo señaló Gertrude Stein: "Estás creando el mundo contemporáneo de manera semejante a como Thackeray creó el suyo en "Feria de Vanidades'". Es decir, observando la realidad aunque acomodándola a la invención literaria.

Eso es lo que la cultura mundial celebra avanzando ya 100 años después, y que Luhrmann desbarata en su película. Hay que convenir que ciertos personajes del filme transmiten emoción, pese a la cursilería sobreexpuesta en la pantalla. Cuando Gatsby lanza camisas y camisas desde el segundo piso de su palacete, es hoy en día un aviso publicitario de tienda comercial. Y es ahí cuando lo más detestable de ellos aflora sin compasión: al compararlos con sus semejantes del siglo XXI. En esta ausencia de “campesinos” -aunque veamos el sufrimiento de Wilson y su mujer-, la brutalidad del sistema ataca sin piedad porque esos seres se nos rebelan como parte de lo peor que nos rodea.

¿Sucede lo mismo al leer las páginas de "El gran Gatsby"? ¿Es válido hacerse esa pregunta ante un texto literario que, a juicio de Richard Yates: "fue mi introducción más perfecta al oficio de escritor…"?

Sin duda que no. Jay Gatsby y sus semejantes pertenecen a un mundo construido en las palabras, en la reflexión y el “intrincado diseño” del cual el mismo Scott se hizo parte. Ellos terminan de alzarse en la lectura y allí se erigen como figuras trágicas en la mejor tradición de la literatura norteamericana. Es difícil que la pantalla logre captar la esencia de sus espíritus sin malograrlos, convertidos en ruines personajes de carne y hueso. Ya es un intento fallido al menos tres veces, en que el melodrama y cierto romanticismo desbocado se antepuso al rigor de la novela. De cualquier forma, estamos nuevamente hablando del Gatsby y de ese campeón del derrumbe que fue su autor.


ANÁLISIS DEL GRAN GATSBY

Les subí en PDF un análisis básico pero completo que hace la gente de http://www.shmoop.com.
Clik aquí para bajarlo

martes, 13 de agosto de 2013

Fitzgerlad y Salinas... Algo en común?

Yo no sé si Cecilia pensó en alguna conexión entre estos dos genios literarios, pero podríamos nosotros hacer el ejercicio sobre las cosas que los unen.  La época es una de ellas, no?  Uno nació en 1891 y otro en 1896, así que coexistieron muchos años.  Desde ya que no conozco la obra de ellos en profundidad (ni mucho menos) pero principalmente Salinas es poeta y Fitzgerald es novelista, cuentista.  El amor es algo que creo los une. Creo que ha sido el motor creativo de ambos.  Que mas les parece?

Aquí les dejo los links de unos PDFs muy interesantes  de la Universidad de México para que vayamos leyendo:

Beatriz Espejo - Scott Fitzgelral Cronista y personaje 

Hernan Lara - La estética del Fracaso (la vida de Scott Fitzgerald)

Mario Saavedra - El universo poetico de Pedro Salinas


Un sitio muy interesante para escuchar a los poetas en su propia voz es http://amediavoz.com/poetas.htm
Estos son los que hay de Don Pedro Salinas.  Vayan al sitio  hacen click en el título y se baja el archivo.  Se escucha con Real Player  u otro reproductor compatible
Afán
Amor, amor, catástrofe...  
Cuando cierras los ojos...      
Fe mía
Figuraciones 
La resignada
Mar distante
Orilla
Qué cuerpos leves
Se te está viendo la otra


Mas de Francis Scott Fitzgerald

Les reúno aquí varios artículos interesantes que he encontrado en la red, de la novelesca vida de FSF.

El fantasma más glamuroso del mundo (Diario el Pais)

Anagrama publica 'El gran Gatsby', una de las mejores novelas del siglo XX
ANA MARÍA MOIX 17 DIC 2011

Editorial Anagrama acaba de editar El gran Gatsby, una de las mejores novelas norteamericanas del XX, en una nueva traducción, hermosísima, debida a Justo Navarro. Su autor, Francis Scott Fitzgeral, nacido en 1896, en St. Paul, Minnesota, murió el 21 de diciembre de 1940, en Beverly Hills, donde malvivía trabajando como guionista cinematográfico, unido sentimentalmente a la periodista Sheilla Graham, autora de un libro magnífico que valdría la pena editar, La amada infiel, del que se rodó un filme dirigido por Henry King y protagonizado por Deborah Kerr y Gregory Peck. En él Graham, oficialmente la cronista más chismosa de Hollywood, se descubrió como una narradora de primera línea. Llegó a Hollywood con un pasado falso, inventado, haciéndose pasar por millonaria descendiente de la más alta aristocracia británica (tenía en su despampanante casa fotos de familia, trucadas, con abuelos elegantemente vestidos junto al fuego de chimeneas ricamente ornamentadas y perrazos de raza a sus pies), y tras engañar a todo el mundo y enamorarse de Fitzgerald, contó la verdad en este libro ejemplar. Dividido en dos partes, narra, en la primera, sus auténticos orígenes, humildes y míseros a más no poder, logrando tejer una crónica de una infancia, adolescencia y primera juventud dignas del puro y duro realismo dickensiano, y dedicada la segunda al relato de su relación con el ya entonces oficial y literariamente acabado Fitzgerald, maltratado guionista en los estudios cinematográficos hollywoodienses, donde recaló para ganarse la vida, la propia, la de su esposa, Zelda, recluida en un psiquiátrico, y la de sus dos hijos, al tiempo que intentaba volver a hacer algo de lo que ya nadie le creía capaz: volver a escribir. Y, de hecho, pese al descrédito generalizado, lo consiguió, pues aún escribiría una novela, quizá uno de sus mejores logros, El último magnate. Novela inacabada, pero una de las novelas mejor inacabadas del mundo. En sus páginas pone en pie el fulgor y miseria de Hollywood de modo estremecedor. Lo escrito no necesitaba final. Habría sido un acabamiento mórbido. Quién sabe si el 21 de diciembre de 1940, Fitzgerald no decidió morir para dejar inconclusa la novela. Al fin y al cabo, aunque decía haber ido a Hollywood a triunfar como guionista y a ganar dinero, en realidad acudió a el dorado del cine para morir. O lo que era lo mismo: a dejar de beber. Y Fitzgerald no podía seguir bebiendo, enfermo ya del corazón, ni vivir sin beber.

                                                                            MAITE NIÑO

Anita Loos, famosa guionista de Hollywood y autora de la deliciosa novela Los caballeros las prefieren rubias, escribe en Adiós a Hollywood con un beso: “Scott tenía la insana humildad del alcohólico regenerado. Era una humildad embarazosa. Viéndolo, me convenció de que jamás se debe desintoxicar a un borracho crónico”. Sin embargo, antes de poseer como nadie en Hollywood esta aureola del fracaso, antes de ser este Fitzgerald que, según Anita loos, “andaba siempre incómodo entre sus antiguos compañeros e incomodándoles a todos pidiendo perdón por nada, titubeante y embarazoso, como si en realidad deseara disculparse por su pasado”, antes, 11 años antes, Fitzgerald llegó al cielo de Hollywood, por vez primera, precedido por el eco de la fama, la leyenda y la fortuna que proporcionan el triunfo. Era entonces (1927) el escritor de su generación más mimado por Fortuna. “Los Fitzgerald” era una invocación mágica, nombre de un mito que pronunciado en las noches de Beverly Hills dejaba tras de sí una estela de hechizo, admiración y dorados acentos de la Riviera francesa. Hacía un par de años que se anunciaba la llegada del escritor, pero ni siquiera Hollywood podía creerse objeto de semejante honor. La primera fiesta a la que Scott y Zelda acudieran la organizó Carmen Myers, actriz a quien el legendario matrimonio había conocido en Roma, durante el rodaje de Ben-Hur, y nunca, en su carrera de anfitriona, había logrado reunir a tan prestigiosos nombres. Se dijo que “los Fitzgerald” llegaron más bien tímidos a la fiesta, pero despidiendo, desde su retraimiento, profundas corrientes de encanto y seducción. Y desaparecieron en seguida. “Encontraron el vestuario, se llenaron los brazos de bolsos de señora y se dirigieron a la cocina. Miss Myers fue la primera en percatarse de que algo se estaba quemando. Rápidamente, fue a la cocina. Allí, la anfitriona y sus invitados descubrieron a Scott y a Zelda muertos de risa. En el fogón había una olla gigante y, dentro, estaban los bolsos, hirviendo jubilosamente en salsa de tomate”. Eran los juegos de Zelda. Y a Scott le encantaba participar en ellos.
Y 13 años después, Zelda ya no “jugaba” en las fiestas de Beverly Hills ni de ningún otro lugar del mundo. El “regenerado” Scott la visitaba, de vez en cuando, en su retiro psiquiátrico. Él había perdido la aureola de autor de moda, su nombre de escritor había caído en el olvido y se le había apagado aquel brillo, para él imprescindible, de la juventud. Se había convertido en un hombre tímido, silencioso, que se retiraba siempre dando la impresión de que le quedaba algo por decir, algo que había optado por callar maniáticamente ocupado como estaba en mantener un orden en sus gestos, palabras y presencia toda. Había perdido algo más que la adicción (pérdida solo transitoriamente) al alcohol. Pertenecía a esa clase de escritores que en épocas de esterilidad creadora se convierten en seres extraños, como “de paso”, obsesionados por recobrar la escritura, por el cumplimiento maniático de una serie de normas y ritos cotidianos, nunca antes observados, pero a los que ahora suponen motor de la fecundidad perdida y de la abstinencia por alcanzar. La vida se convierte en una sucesión de “ejercicios prácticos”, pero son ejercicios para nada. El “regenerado” Fitzgerald paseaba inquieto por los estudios cinematográficos, obsesionado por el tipo de lápices que usar y por el tamaño de los cuadernos donde escribir. Alineaba, una y otra vez, junto a la máquina de escribir, las carpetas de guiones que permanecían vacías día tras día. En el suelo alineaba botellas de coca-cola que eran la muestra de su verdadero trabajo: no beber alcohol. Era ese su auténtico trabajo: no beber. Vivía inmerso en la perplejidad. Era una perplejidad que se traducía en su mirada y que Mrs. Hacket, guionista junto con su marido de películas de éxito (Hoy como ayer, entre otros) describió así: “La primera vez que vi a Scott estaba sentado en la cantina. Lo que me llamó la atención fueron sus ojos. Parecía como si estuviera viendo el infierno abriéndose delante de él. Abrazaba el portafolios y pidió una coca-cola. De repente, se levantó para irse. Dije a Albert: ‘Acabo de ver a un fantasma’. ‘Es Scott Fitzgerald’, me contestó”.
A veces tomaba su coca-cola en la llamada “mesa de los escritores” junto a nuevos y viejos compañeros. Y, aunque se esforzaba —y se esforzaban los demás— por que “nada se notara”, su aspecto seguía siendo el que tanto sorprendiera a Mrs. Hacket. El mismo Fitzgerald lo describiría más tarde, cuando sustituido de nuevo el ritual de la coca-cola por el del alcohol, recobró el discurso que siempre lo había unido al mundo y a sí mismo, y que, esta vez, esta última vez, lo uniría también a la muerte. “Era, evidentemente, un hombre al que le había pasado algo. Conocerle era como encontrarse con un amigo aturdido por causa de una pelea o una colisión. Se queda uno con la vista fija en el amigo y pregunta: ‘¿Qué te ha pasado?’ y él responde algo ininteligible entre los dientes rotos y los labios hinchados. Ni siquiera tiene fuerzas para explicarse”.


El genio, el dinero y la decadencia (Diario El Pais)

JUSTO NAVARRO 17 ENE 2009

Tenía Fitzgerald el sentido de culpa que sólo consiguen los alcohólicos y los católicos. Era católico y bebedor, pero, cuando murió en 1940, le fue negada la sepultura en tierra bendecida, a pesar de que había pasado su vida arrepintiéndose, deseoso de enmienda y perdón en cada resaca, ese momento de anhelada pureza, cuando uno se promete no volver a caer, como después de pasar por el confesionario. Se arrepentía de sus éxitos como cuentista popular y se arrepentía de no vender, triunfante a sus 23 años con A este lado del paraíso, la novela más leída en las bibliotecas públicas en 1921. "Creo", apuntó Edmund Wilson, "que nadie ha escrito con tanta hondura la historia de la juventud de nuestra generación".
Y luego escribió una de las grandes novelas de su época, El gran Gatsby,historia de amor loco en tiempos de alegre exhibicionismo del dinero, casi como ahora mismo. A Fitzgerald le fascinaban los ricos, a quienes en el fondo despreciaba con todo el vigor de la envidia. La heroína de El gran Gatsby, Daisy Buchanan, tiene la voz luminosa, especial: "Her voice is full of money", explica Jay Gatsby, su enamorado, en un momento de lucidez. Y ésa es la voz que suena cuando Daisy, en plena crisis de aburrimiento, dice: "¿Qué vamos a hacer con nosotros esta tarde, y al día siguiente, y en los próximos treinta años?". Estaba citando sin saberlo La tierra baldía, de T. S. Eliot, a quien gustó mucho la novela.
Entonces vino el desastre económico internacional, la crisis, el crash, elcrack, y Fitzgerald se vio acabado, disipado, derrotado en su manía de ser popular y millonario a la mayor velocidad posible. Coincidiendo con el desplome de la Bolsa, su mujer sufrió un hundimiento mental que la llevó al manicomio. Puesto que su vida y su obra coincidían prodigiosamente con los ciclos históricos, Fitzgerald pensaba que todo el mundo sufría el mismo síndrome y, quizá para consolarse, a un amigo le confió que veía a Hemingway "tan destruido como yo". La única diferencia, según Fitzgerald, era que Hemingway había caído en la megalomanía, mientras que a él lo aplastaba la tristeza.
Vendió cuentos a precios fantásticos a las mejores revistas: hablaba de aventuras, jergas y modas de los hijos de su tiempo sin poner demasiado nerviosos a los padres. Aquellas fábulas de hace ya casi un siglo han llegado hasta hoy, en películas, en canciones como 'Berenice se corta el pelo', del álbum Liberation, de The Divine Comedy. Escribir cuentos no le gustaba. Lo hacía por dinero, para escribir novelas, o eso decía Fitzgerald, que sabía reírse de sí mismo. Un personaje de su segunda novela, Hermosos y malditos, se quejaba: "En todas partes encuentro niñas tontas que me preguntan si he leído A este lado del paraíso". Avisó de que la novela, "el medio más sólido y dúctil de comunicar ideas y emociones", cedía su puesto a Hollywood. La palabra escrita era derrocada por las imágenes.
En 1922 vaticinó en una carta a su amigo Edmund Wilson el futuro esplendor de Nueva York como capital mundial de la cultura: la cultura sigue al dinero. "Seremos los romanos de las próximas generaciones", dijo el profeta Fitzgerald, antes de irse a Europa, donde la vida salía barata. Sus hazañas alcohólicas europeas superaron a las neoyorquinas. Cuando llegó la crisis, empezó a leer a Marx, como si viviera hoy mismo. Francis Scott Fitzgerald sigue vigente, como el genio, el dinero, la diversión, la conciencia de que todo se va y decae, hecho físico incontestable e irreparable. ¿No se puede repetir el pasado? ¡Claro que se puede!, decía Jay Gatsby, el fantástico, antes de ser arrasado por el presente.

El 'crash' de Zelda y Scott  (Diario El Pais)

GUILLERMO ALTARES 17 ENE 2009

Simbolizaron una época de excesos y libertades, pero también el crash que rompió el mundo a finales de los años veinte. El mito de Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald vuelve al primer plano literario con la novela Alabama Song, del francés Gilles Leroy. Por Guillermo Altares

Fueron los símbolos máximos de una época en la que pareció que todo era posible, una era que respiraba alcohol prohibido y foxtrot, en la que se empezó a forjar nuestra libertad, un tiempo de felicidad artificial entre el horror de la Primera Guerra Mundial y la barbarie de la Segunda en la que el mundo creyó que podría conseguirlo. Y también encarnaron elcrash del 29, cuando el espejismo se rompió en mil pedazos y el mundo se precipitó al vacío. Pero Zelda Sayre (1900-1948) y Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), Scott y Zelda, son mucho más que eso, más que la Generación Perdida; representan el mito de la pasión y del desamor, de la literatura que se funde con la vida, simbolizan el éxito y la tragedia, la decadencia y la caída, el alcoholismo y la locura. Y demuestran, como Rimbaud o como Salinger, que la literatura necesita leyendas.

Ernest Hemingway, fundamental a la hora de crear el mito, aunque fue profundamente injusto con Zelda, escribe al final de París era una fiesta:"Muchos años después, en el bar del Ritz, Georges, que ahora es el jefe del bar y que era un botones cuando Scott vivía en París, me preguntó: 'Papá, ¿quién era ese m onsieur Fitzgerald sobre quien todo el mundo pregunta?". Todavía muchos años más tarde, en otro siglo, en otra era, en otro espejismo seguido de otrocrash, seguimos preguntando por Scott y Zelda en las barras de los bares de nuestra imaginación.
"Cuando empecé a escribir este libro no sabía que iban a volver los Fitzgerald y con ellos los años veinte y treinta", señala el autor francés Gilles Leroy, cuya novela Alabama Song(RBA), ganadora del Goncourt en 2007, reconstruye la vida de Zelda en primera persona. Pero este libro, que acaba de ser editado en castellano, no es el único indicio del regreso de la pareja. En febrero se estrenará El curioso caso de Benjamin Button, un filme de David Fincher, protagonizado por Brad Pitt y Cate Blanchett, basado en el cuento del mismo título, que Lumen reeditó a finales de 2008 dentro de una recopilación y Navona acaba de sacar en otra. Además, se están preparando versiones cinematográficas de Hermosos y malditos, protagonizada por Keira Knightley (que es hermosa, pero no maldita), y de El gran Gatsby,dirigida por Baz Luhrmann, el barroco realizador de Moulin Rouge yAustralia.
"Tenía muchas ganas de hablar de Zelda, también tenía ganas de hablar de esa época. Los Fitzgerald eran una pareja de ensueño. Es verdad que la crisis se parece a lo que contaron en sus libros, pero lo que no siento es la gran explosión de creatividad que marcó los años veinte, cuando se forjó una nueva pintura, una nueva literatura, se cimentó el lenguaje del cine... Ahora tenemos la crisis; pero no la explosión creadora", prosigue Leroy en una entrevista telefónica. "Se parecen mucho en su forma de utilizar los medios de comunicación a las celebridades actuales, en un momento en que esos medios de masas empiezan a surgir. Su utilización de la celebridad es un poco cínica, pero son modernos en muchos planos, incluso en el plano moral. En su forma de romper las convenciones, de quererse, de enfrentarse a la sociedad, porque estamos hablando de la época anterior a Mayo del 68. Lo que atrae de esta pareja es la precocidad, la velocidad y su capacidad para consumir lo que llegaron a tener: felicidad, éxito, dinero".
La obra de Zelda se ha ido apagando y olvidando con el tiempo. Sus cuentos, su novela (Save me the waltz, "resérvame este baile"), sus artículos, su obra de teatro, sus pinturas tienen momentos brillantes, pero no han pasado el examen del tiempo (su personaje sí). Sin embargo, la obra de Scott no para de crecer, de engarzarse con nuestros días y nuestros sueños. Junto a Alabama Song, RBA va a reeditar un libro que reúne cuentos de ambos, Pizcas de paraíso.Algunos aparecieron firmados por Scott, aunque en realidad son obra de Zelda o de los dos. Los relatos de ella tienen momentos brillantes -"lo primero que llamaba la atención de Gay era su forma de comportarse, como si estuviera disfrazada de sí misma"-, metáforas evocadoras -"sus fortunas se levantaron sobre la insaciabilidad de los cazadores de leones de París" o "anduve con ellos bajo las sombras goteantes de la noche parisina, malva y cuarzo rosado bajo las farolas"-; pero les falta algo, el salto a la genialidad que rezuma en la obra de Scott. "La parrilla del Brix en París es uno de esos lugares en los que ocurren cosas -como el primer banco de la entrada sur de Central Park o Herrin, en Illinois-. Allí he visto romperse matrimonios por una frase irreflexiva e intercambios de bofetadas entre una bailarina profesional y un barón inglés y sé personalmente de al menos dos asesinatos que se hubieran cometido allí, si no fuera porque era julio y no había sitio. Incluso los asesinatos requieren cierto espacio y en julio no hay un sitio libre en la parrilla del Brix", es el arranque, difícilmente superable, de 'Un penique gastado', un cuento poco conocido de Scott que, como una parte importante de su obra, transcurre entre extranjeros en Europa.
A su muerte, Zelda escribió: "No existe que yo sepa ninguna personalidad divorciada de su tiempo. La contribución esencial de Scott es haber conseguido dramatizar la desesperanza y la pena de una época, y haber logrado, gracias a un valor trágico, una nueva razón de ser". En su necrológica, The New York Times ya hablaba de él como escritor pero también como mito. "La vida y la obra de Fitzgerald encarnaron a 'todos los jóvenes tristes' de la generación de la posguerra
[Estados Unidos todavía no había entrado en la Segunda Guerra Mundial]. Con la habilidad de un reportero y el talento de un artista, capturó la esencia de un periodo en el que las flappers [las chicas de los años veinte que Zelda encarnó] y la ginebra, los 'hermosos y malditos' fueron los máximos símbolos de una era sin preocupaciones". Pero esta inmensidad de la leyenda es también su kriptonita. "Los Fitzgerald eran figuras fantasmales que surgían de una era que había desaparecido, pero su impacto en la imaginación de Estados Unidos se ha mantenido", escribe Nancy Milford en Zelda. A biography, publicada por primera vez en 1970 y que, además de convertirse en un best seller y de ser finalista del Pulitzer, rescató la figura de Zelda de la larga sombra de Scott.
"El éxito del mito ha devaluado la estatura del hombre y desvalorizado la obra. F. Scott Fitzgerald creó sus propias leyendas. Su vida domina su obra. Se convirtió en un arquetipo o más bien en un conjunto de arquetipos que se pisan los unos a los otros. Es el escritor alcohólico, el novelista arruinado, el genio derrochado, la encarnación de la Era del Jazz, una víctima sacrificada en el altar de la depresión", afirmó Matthew J. Bruccoli, el mayor estudioso de la obra de Scott y Zelda, fallecido el año pasado ("quiere tanto a sus autores que si encontrara todas sus facturas de la tienda de ultramarinos creo que las publicaría", dijo sobre él la única hija de la pareja, Frances Scott Scottie Fitzgerald (1921-1986), que también se empleó a fondo para tratar de iluminar los rincones que se esconden detrás del mito).
Basta, de nuevo, con un párrafo, en este caso de 'Ecos de la Era del Jazz' (recogido en El Crack-Up), escrito en noviembre de 1931, para comprobar como la voz de Scott Fitzgerald resurge desde el crash y desde las ruidosas orquestas para hablarnos de nuestro tiempo. "Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. A veces, sin embargo, hay un rumor fantasmal entre los tambores, un susurro asmático en los trombones que me devuelve a los primeros años veinte, cuando bebíamos alcohol de madera y cada día, en todos los aspectos, nos hacíamos mejores y mejores, y hubo un primer intento abortado de acortar las faldas y las chicas parecían todas iguales con sus vestidos suéter y personas que uno no quería conocer cantaban: 'Yes, we have no bananas', y parecía sólo una cuestión de unos pocos años que la gente se hiciera a un lado y dejara que el mundo lo manejaran quienes veían las cosas como eran -y todo eso nos parece rosado y romántico, a nosotros, que entonces éramos jóvenes- porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea nunca más".
¿Cuál es la realidad que se esconde detrás de la leyenda? ¿Quiénes fueron de verdad Scott y Zelda? Llegaron a ser tan famosos que existen cientos de documentos, una parte importante de ellos recopilados en el precioso volumen ilustrado The romantic egoists, coordinado por el omnipresente Bruccoli (también le debemos la edición de las obras completas de Zelda y de Pizcas de paraíso, una gruesa biografía de Scott y decenas y decenas de artículos) y por Scottie y editado por la Universidad de Carolina del Sur. Pero, hasta la irrupción de Nancy Milford, Zelda fue una gran desconocida, a la que Hemingway acusaba prácticamente de arrastrar con su locura a Scott hacia el alcohol.
"Zelda respondía a la tipología de la niña traviesa que pululaba por la literatura infantil de principios de siglo: una chica atractiva pero indómita, que mostraba todos los indicios de rebeldía ante las convenciones del tradicional papel femenino", escribe la crítica Kyra Stromberg en Zelda y Francis Scott Fitzgerald (Muchnik Editores, 2001). Nancy Milford arrancó a un compañero de escuela, en una reunión de antiguos alumnos a la que asistió, una definición que resumía su belleza, su fuerza y su atractivo: "Zelda era una kingmaker", una hacedora de reyes.
Zelda pertenecía a una buena familia de Montgomery, la capital de Alabama, y nació cuando la Guerra Civil (1861-1865) era todavía un recuerdo cercano en esta aletargada ciudad del Viejo Sur, donde estuvo brevemente la capital de la Confederación. De hecho, el único museo dedicado a la pareja se encuentra en el mismo barrio de la familia Sayre, una zona elegante, de mansiones sureñas, olor a magnolias y un cielo que, como describe Gilles Leroy, es "tan azul y tan triste que explica perfectamente por qué el blues se llama blues". El museo, en el 919 de Felder Avenue, está en un piso en una casa de ladrillo rojo mucho más anodina que otras mansiones que parecen sacadas de Lo que el viento se llevó, en la que la pareja vivió unos meses entre 1931 y 1932. "A este lado del paraíso. El único museo del mundo dedicado a Scott y Zelda. Pertenecen al mundo", puede leerse en un cartel cerca de la entrada. Es un barrio plácido, que dormita bajo el calor intenso del Viejo Sur, la temperatura de la historia y del aburrimiento, y es una de las pocas zonas agradables de Montgomery (la ciudad en la que, por otra parte, comenzó el movimiento por los derechos civiles en los cincuenta).
Fitzgerald, un joven católico de provincias, nacido en Minnesota; aunque estudió en la patricia universidad de Princeton, de origen irlandés, guapo y elegante, aunque un poco enclenque, conoció a la bella Zelda en el verano de 1918, cuando estaba en el Ejército, en Camp Sheridan, cerca de Montgomery. Fue un encuentro digno de novela rosa, que parece sacado de uno de los grandes cuentos de Scott, 'La última belleza sureña'. "Mientras bailaban en la pista, los tres músicos de la orquesta tocaban Cuando te hayas ido de una manera imperfecta y conmovedora, que me parece estar oyendo ahora mismo, como si de cada compás brotara un precioso minuto de aquel tiempo. A mi alrededor se fraguaban sin cesar parejas de organdí y verde oliva. Era una época de juventud y de guerra y nunca hubo tanto amor como entonces".
Fue un noviazgo complicado. Se casaron el 3 de abril de 1920 en Nueva York, apenas una semana después de que Scott hubiese publicado su primera novela, A este lado del paraíso, que se convirtió rápidamente en un gran éxito. Se bebieron todo Manhattan y alrededores ("Nueva York tenía toda la iridiscencia del comienzo del mundo", escribe Scott en El Crack-Up). En 1921, viajan por primera vez a Europa mientras su fama va creciendo y Scott comienza a ganar mucho dinero con sus cuentos. En 1925, publica El gran Gatsby, lo más parecido que existe a la mítica Gran Novela Americana, y conoce a Ernest Hemingway en París. "Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no entiende a la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo", escribió el autor de El viejo y el mar.
Sin embargo, como describieron Zelda en Save the waltz y Scott enSuave es la noche, detrás de esta fachada comenzaba a fraguarse la tragedia. Nancy Milford cree que una infidelidad de Zelda con un aviador francés, en el verano de 1924, "había roto la confianza entre ellos en su matrimonio". Leroy, que describe con todo el dolor de Zelda aquel verano en su Alabama Song, cree que la auténtica ruptura fue mucho más profunda y tardó mucho más en fraguarse.
"Muchos lectores, y sobre todo lectoras, enamorados de Fitzgerald han chocado con el libro porque dicen que ofrece una visión demasiado crítica de Scott. Primero, creo que hay mucha gente que confunde a Robert Redford en la versión cinematográfica de El gran Gatsby con el propio autor. Y luego, yo no he inventado nada: son cosas que ocurrieron, es lo que hizo. Fue un hombre, un ser humano", señala el novelista francés, quien cree que la clave del final está precisamente en que ella publicase Save me the waltz antes de que él terminase su novela sobre el mismo tema, Suave es la noche. "Una de las cosas apasionantes de Zelda es que ninguno de los testimonios que hay sobre ella concuerda, cada uno veía a una persona diferente. Lo que encuentro terrible y a la vez apasionante es la rivalidad que acaba por convertirse en un infierno. Zelda es un personaje muy complejo, que trata de escribir, de bailar, pero que luego rechaza el contrato más importante de su vida, que pinta, que luego destruye una parte de su obra, su conducta parece que le lleva voluntariamente hacia el fracaso. Hay muchos elementos que dan la impresión de que ella no quiso triunfar, realizarse".
En 1930, Zelda comenzó su largo viaje hacia la noche de la locura con su primer ingreso en un psiquiátrico. El resto de su vida se convertiría en una larga sucesión de entradas y salidas, aunque siguió escribiendo, pintando. La larga tragedia de los años treinta acabó con Fitzgerald muriendo en 1940 de un ataque al corazón en el apartamento de su pareja, la periodista Sheila Graham, en Hollywood. "Dicen que la locura nos separó. Es justo lo contrario: nuestra locura nos unía. Es la lucidez la que nos separa", señala el personaje de Zelda en Alabama Song. En 1948, un fuego en el psiquiátrico de Asheville (Carolina del Norte), donde estaba ingresada, acaba con la vida de la última Belleza del Sur.Hasta 1975 no serían enterrados en la misma tumba, en Rockville (Maryland). Su epitafio es el final de El gran Gatsby: "Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado". También podría haber sido la primera frase de El Crack-Up -"toda vida es un proceso de demolición"- o, por qué no, la última de 'Éxito prematuro', otro artículo autobiográfico que publicó en Squire en 1937: "Nunca he vuelto a ser como durante aquel periodo tan breve en el que él y yo fuimos la misma persona, en que el futuro realizado y el pasado anhelante se fundían en un sólo momento esplendoroso: en que la vida era literalmente un sueño".
Porque al final quedan las palabras de Scott y Zelda, sus sombras, y la triste esperanza de que hubo un momento, en algún rincón perdido de los años veinte, en que la vida fue un sueño. "Piensa en cuánto me quieres. No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes. Pase lo que pase siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche", dice el personaje de Nicole en la más triste de las novelas de Scott, Suave es la noche, en una certera definición de lo que representa un verdadero amor: algo que, ocurra lo que ocurra, se queda con nosotros para siempre. Podemos decir algo parecido de los grandes escritores y de sus leyendas. Tras pasar por la vida y por la obra de Scott y Zelda, siempre quedará algo de ellos en nosotros.
Gilles Leroy. Alabama Song. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. RBA. Barcelona, 2009. 192 páginas. 18 euros. Francis Scott Fitzgerald. Benjamin Button y otros cuentos. Lumen. Barcelona, 2008. 272 páginas. 18,90 euros. Los mejores cuentos de Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Vicente Campos y Gemma Martínez. Navona. Barcelona, 2009 (sale en febrero). Zelda y Scott Fitzgerald.Pizcas de paraíso. RBA. Barcelona 2008 (sale en febrero).
Bibliografía
Francis Scott Fitzgerald ha tenido mucha suerte con las traducciones al castellano. Zelda no ha tenido suerte ni con las traducciones ni con las ediciones, ya que casi toda su obra permanece inédita, salvo los cuentos dePizcas de paraíso y su correspondencia -Querido Scott, querida Zelda(Lumen) o Cartas de amor y de guerra (Mondadori).
Sin embargo, muchas de las ediciones castellanas de la obra de Scott son un auténtico lujo. Juan Benet sólo tradujo un libro en su vida, A este lado del paraíso (Alianza); Justo Navarro hizo para Alfaguara una insuperable recopilación y traducción de sus cuentos en dos tomos; Mariano Antolín Rato ha traducido El Crack-Up y La historia de Patt Hobby (Anagrama), mientras que Enrique Murillo hizo una versión El crucero de la chatarra rodante para la misma editorial. José Luis López Muñoz ha traducido El gran Gatsby y Hermosos y malditos.


El triunfo desde la derrota (Revista UNAM, Universidad de Mexico)

Ariel González Jiménez (Fuente)

Sin lugar a dudas El gran Gatsby es una de las novelas emblemáticas de la literatura norteamericana del siglo XX. Ariel González se sumerge en ese mundo encantado de fiestas interminables y amores imposibles que consagran a Fitzgerald como el gran crítico del llamado “sueño americano”.
No hay fuego ni frío que pueda desafiar a lo que un hombre
guarda entre los fantasmas de su corazón.
F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby
I
Al reflexionar sobre algunos pensadores —los más grandes de la Ilustración francesa— que para prevalecer y ganarse la posteridad tuvieron en su momento que sacrificar el éxito inmediato y aun su libertad, el historiador Philipp Blom escribe que se puede perder por toda clase de razones: “Porque uno no es lo bastante decidido, o porque es demasiado fanático; porque no es lo bastante flexible o porque es demasiado indiferente; por no ser lo suficientemente fuerte, por ser sencillamente desafortunado, por preocuparse demasiado por los detalles o por ignorarlos demasiado; por estar demasiado retrasado para su tiempo o demasiado adelantado a él. Se puede ser un cobarde en la victoria o un auténtico héroe en la derrota”.
En tanto que Jay Gatsby, el inmortal personaje de Francis Scott Key Fitzgerald, no sabía casi nada sobre la exactitud que precisa la victoria, apenas si buenamente pudo intuir su derrota. Sin embargo, ésta le bastó para instaurarse como uno de los mitos más duraderos y poderosos de la literatura norteamericana del siglo XX. Su tragedia es la del héroe romántico por excelencia: pierde el amor, lo recupera y cuando ya lo piensa suyo de nuevo es sólo el comienzo de su pérdida total.
El señor de las espléndidas y multitudinarias fiestas al final siempre se queda solo. No tiene remedio. Luego de las noches “claras y ruidosas”, aparece Gatsby al pie de su mansión, con las manos en los bolsillos contemplando “la pimienta plateada de las estrellas” para “calcular qué parte le corresponde del firmamento local”. Y siente que lo tiene a la mano; sin embargo, valga la obviedad, es inalcanzable.
En las inmediaciones de los años veinte, época de grandes ascensos y estrepitosas caídas en todos los órdenes, donde lo mismo se amasan fortunas que quiebras estrepitosas, Fitzgerald crea un personaje para la eternidad desde una historia humana cuya sencillez no podía ser más profunda e impactante, porque ronda en él, como nos dice Nick Carraway, el honesto relator (asegura serlo en alguna parte del libro) de toda esta historia, “algo magnífico, una exacerbada sensibilidad para las promesas de la vida, como si estuviera conectado a una de esas máquinas complejísimas que registran terremotos a quince mil kilómetros de distancia”. Tiene todo, pues, para decirnos algo sobre la existencia y sus sueños.
El cine ha querido atrapar al personaje más logrado de Fitzgerald. De cuando en cuando, en magníficas locaciones, lo relanza con mayor o menor fortuna, exaltando normalmente el lujo de sus fiestas o intentando captar la decadente alegría de una época que oscila entre una copa de champán y el crack financiero, entre la euforia y la depresión.
Sin embargo, más allá de los buenos intentos de la pantalla grande por presentárnoslo, Gatsby queda siempre mejor parado en las páginas de la novela. En éstas luce más su misterio y encanto, así como la pesada carga del desamor. El cine necesita representar un personaje más nítido, no importa que lo deba reinventar, la novela no.

                                                     F. Scott Fitzgerald con Zelda, 1920

La presencia de Gatsby en la novela, protagónica sin duda, resulta paradójicamente borrosa: “Sólo es uno que se llama Gatsby”, dirá otro personaje, Jordan. Además de las incógnitas que rodean su condición de nuevo rico, su improbable ejemplaridad como self-made man y la ausencia de muchos detalles sobre su vida anterior y la que lleva (“dicen que es sobrino o primo del káiser Guillermo”; “es un traficante de licores”; “una vez mató a un hombre”), y aun en torno de su primer fracaso con Daisy, el relato no corre a cargo suyo, un hecho sobre el que ha llamado la atención Harold Bloom:
El libro resulta profundamente conradiano porque Nick Carraway media entre nosotros y Gatsby, de igual modo que el Marlon de Conrad media entre el lector y Kurtz o Lord Jim. No vemos, no oímos ni sabemos nada de Gatsby sino a través de los ojos, los oídos y el corazón de Carraway. Y de acuerdo con Nick, su amigo es el héroe romántico del sueño americano.
Y también de acuerdo con Nick, nuestro héroe se reduce por momentos a un hombre solo que sonríe y da fiestas. Aquélla “era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida”; y éstas eran simplemente las mejores. (En charla con Jordan, el accidentado amor de Nick, ella dice que le gustan porque va “mucha gente. Son muy íntimas. En las fiestas con poca gente la intimidad es nula”).
A tal punto se hace necesario saber más de Gatsby, que no han faltado los estudiosos de sus antecedentes. Uno de ellos, James West III, profesor de la Universidad de Pennsylvania, creyó encontrar en Trimalción, la versión preliminar de El gran Gatsby, la resolución de algunos de sus enigmas. Trimalción fue publicada en 1999 por el profesor West en Estados Unidos, y provocó una intensa polémica, puesto que al hacerlo no se respetó la voluntad de Fitzgerald (quien obviamente descartó la edición de ese borrador como tal), pero también hizo evidente que los misterios en torno de Gatsby se mantenían.
Fitzgerald entregó Trimalción a su editor Maxwell Perkins en 1924. Ese primer título y versión de su gran novela aludía al esclavo liberto del que habla Petronio en su Satiricón, un hombre que con su esfuerzo consigue grandes riquezas y que es famoso por las cenas neronianas que ofrecía.
Lo que quedó de ese primer título está en el comienzo del capítulo siete de El gran Gatsby: “Un sábado por la noche, cuando la curiosidad sobre Gatsby había llegado al máximo, no se encendieron las luces de su casa y, de modo tan oscuro como había empezado, acabó su carrera como Trimalción”.
Como, en la perspectiva del editor Perkins, a Trimalción le faltaba ser pulida (justamente Gatsby le parecía un personaje “difuso”), se quedó en un mero borrador que Fitzgerald perfeccionaría hasta dar por terminada la obra que conocemos en octubre de ese mismo año.
A pesar de ser evidentemente la matriz de toda la historia, la publicación de Trimalción, como era de suponerse, fue poco menos que ociosa si consideramos que era solamente un borrador, y como tal no abunda en mayores detalles sobre el personaje central. Antes al contrario, su figura aparece todavía menos definida, de tal suerte que ni siquiera sabemos cómo era su sonrisa, un rasgo que en El gran Gatsby llega a ser fundamental.

 III
La riqueza de Gatsby, sin hablar jamás de negocios, cifras y menos aún de sus orígenes, es proverbial. De donde él viene —sea cual sea ese lugar— sólo las grandes fiestas pueden reflejar seriamente la riqueza. Son lo único que parece garantizar que no sólo se sea rico, sino que se lo parezca.
Quien hace una fiesta a lo Gatsby (abriendo las puertas de su casa a decenas de desconocidos o reponiendo el elegante vestido a una mujer que se lo estropeó durante alguna de las recepciones) comparte y derrocha fastuosamente con el único fin de mostrar, en el fondo, su desprecio por lo adquirido.
Son los años veinte, que el propio Fitzgerald describiera en su texto Éxito temprano:
Las incertidumbres de 1919 habían terminado y parecía haber pocas dudas sobre lo que iba a suceder: los Estados Unidos estaban por iniciar la más grande y llamativa de las parrandas de toda la historia e iba a haber mucho que contar sobre ella. Todo este boom dorado flotaba en el aire, con sus enormes generosidades, sus escandalizantes corrupciones y su tortuosa batalla a muerte, la que tendría que librar el país durante la prohibición. Todos los relatos que venían a mi mente tenían un elemento de desastre en ellos…
En el ambiente de El gran Gatsby están presentes todos estos ingredientes, pero es su capacidad para conseguir volcarlos en el drama de un individuo que persigue infructuosamente el amor lo que hace que la novela tenga toda la energía y valor que ahora se le reconocen. (Empezó, recordémoslo, como un fracaso de ventas y terminó como un libro que cada año vende cientos de miles de ejemplares).
Gatsby, por lo demás, sabe cómo y para qué dilapidar una fortuna. No quiere permitirse que el dinero compre todo, menos los sueños; y entonces construye una fantasía de mansiones, cocteles, manjares y glamour que en algún momento le debe servir de puente hacia el amor imposible, Daisy Buchanan.
Por su propia formación y el roce social que siempre mantuvo, Fitzgerald conocía a los ricos, pero siempre supo que el dinero no alcanzaba para mucho a la hora de obtener lo verdaderamente valioso. Uno de sus personajes, Charlie, en el extraordinario relato “Regreso a Babilonia” (tomado en cuenta por Richard Ford en su Antología del cuento norteamericano) sostiene este diálogo esclarecedor con un camarero:
—Me han dicho que perdió una fortuna cuando se hundió la bolsa.
—Sí —asintió con amargura—, pero también perdí todo lo que quise cuando subió.
—¿Vendiendo a la baja?
—Más o menos.
Es sólo dinero. Gatsby tiene mucho más que eso, el problema es que tampoco es suficiente en ese mundo artificial e implacable que lo terminará por derrotar.
                                                                      Scott y Zelda

IV
Hace unos años, en un brillante artículo, el escritor español Antonio Muñoz Molina reexaminaba la cercanía entre Fitzgerald y su personaje:
Como a Gatsby, a Scott Fitzgerald las cosas le sucedieron muy deprisa y cuando era muy joven, de modo que muchas veces al vértigo del descubrimiento y la ganancia se le superponía el de la pérdida, y en el espacio de meses se comprimían experiencias que hubieran requerido muchos años para ser asimiladas […] Quería ganar muchísimo dinero y llevar la vida de una celebridad internacional y también quería escribir como Joseph Conrad, cuya gran sombra tutelar se proyecta sobreEl gran Gatsby. Mientras imaginaba el amor clandestino entre Gatsby y Daisy y el adulterio paralelo del marido de ella con la mujer del dueño de un garaje ruinoso se enteró de que Zelda lo estaba engañando. Su amante era un militar francés…
La tentación de identificar al escritor con su creación es siempre grande. La han argumentado de diversas formas una pléyade de escritores y críticos, aunque siempre quedan demasiados cabos sueltos y un toque especulativo difícil de confirmar.
Ya Hemingway, con quien mantuvo una extraña amistad —llena de algo parecido a los celos y deslealtad por parte del primero— había dicho (en París era una fiesta) que una noche de whiskies Fitzgerald le contó su vida con Zelda, su atormentada y enferma esposa.
Dijo que la había conocido durante la guerra, y que luego la perdió y la reconquistó, y me contó cómo llegaron a casarse, y algo trágico que había ocurrido en Saint-Raphaël, hacía más o menos un año. Aquella primera versión que entonces me contó del enamoramiento de Zelda y un aviador de la marina francesa era un relato verdaderamente triste, y me parece que era un relato verídico. Luego me contó otras varias versiones del hecho, como si lo estuviera ensayando para meterlo en una novela…
Puede ser que Gatsby tenga mucho de Fitzgerald, de sus proyecciones y problemas reales, pero es indudable entonces que el autor las consiguió llevar más allá. Ensayándolas, como propone Hemingway, las puso en un terreno mucho más duradero y universal.
No obstante, puestos a pensar en qué zona de su literatura se refleja realmente Fitzgerald, Harold Bloom apunta una posibilidad bien distinta. El crítico nos vuelve los ojos hacia Tierna es la noche, que Fitzgerald imaginó como su obra maestra, para hacernos reparar en Dick Diver, su protagonista, “una pálida criatura si lo comparamos con Gatsby”.
La trama de Tierna es la noche ronda por otras vías el tema del fracaso (Diver, un psiquiatra exitoso, y Nicole, su esposa, rica heredera, parecen los más felices del mundo, pero de pronto todo se desploma; Diver termina hundido en el alcoholismo y abandonado por Nicole). Fitzgerald, quien alguna vez había dicho que “no hay segundos actos en la vida de los americanos”, consiguió que sus principales novelas convivieran a partir de esa premisa. Gatsby y Diver no tienen una segunda oportunidad. Tampoco Fitzgerald.
Bloom pregunta y responde: “¿Diver es vencido por los ricos, que tanto lo fascinan, o por sus propias debilidades? En forma bastante obvia, Diver es un doble de Fitzgerald, cosa que Gatsby no es en absoluto”.
Muñoz Molina concluye que “una parte de la tragedia de Scott Fitzgerald fue el haberse creído de corazón toda la impúdica mitología americana sobre el éxito”. Sin embargo, en cuentos (de los muchos que tuvo que escribir para mantenerse) como el citado “Regreso a Babilonia” uno no encuentra por ninguna parte esa credulidad que dice Molina. Más bien hay un escepticismo claro: envueltos en el glamour y la riqueza, sus personajes saben o por lo menos experimentan cómo la miseria no está muy lejos.
V
Periódicamente, Estados Unidos redescubre a Gatsby como su gran héroe literario. “En el siglo XIX —escribió Harold Bloom— nuestro mito nacional era Adán americano de Ralph Waldo Emerson. El sueño americano fue el mito nacional en el siglo xx y Fitzgerald fue su oficiante principal y el gran satírico de ese sueño convertido en pesadilla”.
Y ahí es donde destaca El gran Gatsby, que viene a ser la suma dramática de una época donde el nuevo rico es la promesa de la sociedad, a pesar de que en él subyace la decadencia y la bancarrota que todo el tiempo se constatan en la realidad.
Nadie como Gatsby encarna el éxito vertiginoso y fulgurante, ése que a la vuelta de la esquina le depara ser el mejor perdedor. Porque nada puede evitar que nuestro personaje fracase a manos de toda la “desconsideración y confusión” que generan Daisy, su amor imposible, y su marido Tom Buchanan.
Tom y Daisy —nos cuenta Nick— eran personas desconsideradas. Destrozaban cosas y personas y luego se refugiaban detrás de su dinero o de su inmensa desconsideración, o de lo que los unía, fuera lo que fuera, y dejaban que otros limpiaran la suciedad que ellos dejaban…
Es la pequeñez de éstos la que vence al gran Gatsby. Toda la energía, encanto, dinero y decisión suyas no son suficientes para evitar su derrota. La lección, difícil de aprender en medio de la fiesta y sus oropeles, es que en la vida puede tenerse todo sin tener nada realmente.
Tiene que ser así para que de ahí emerja la voz de Nick Carraway describiendo, muy al inicio de la novela, eso que él reconoce en Gatsby como “un don extraordinario para la esperanza, una disponibilidad romántica como nunca he conocido en nadie y como probablemente no volveré a encontrar… Al final, resultó como es debido. Fue lo que lo devoraba, el polvo viciado que dejaban sus sueños, lo que por un tiempo acabó con mi interés por los pesares inútiles y los entusiasmos insignificantes de los seres humanos”.
Vislumbrar esa condición, hacernos pensar en lo que hay más allá de la derrota, es su gran victoria.

Con todo su dolor, papá Fitzgerald (Diario el Pais)


Las cartas del autor de ‘El gran Gatsby’ a su única hija se publican en español
Las misivas revelan los anhelos y esperanzas del malogrado escritor

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS Madrid 28 ABR 2013 - 02:00 CET34
Archivado en: Francis Scott Fitzgerald Libros Literatura Estados Unidos Norteamérica Cultura

 Scottie, de la mano de sus padres, Zelda y F. Scott Fitzgerald.

 Como tantos hijos de padres demasiado autodestructivos y complicados, Frances Scott Fitzgerald construyó una invisible red de seguridad entre su famoso progenitor y ella. No era falta de amor, muy al contrario, era simple instinto de supervivencia. La hija de uno de los escritores más grandes y malogrados de la historia de la literatura pecó de frialdad como única tabla de salvación frente a los tormentos de su padre. No se le puede reprochar a la pequeña Scottie, o Scottina, como a veces la apodaba él, la añoranza infantil por una familia más convencional. Tampoco, que fuera una chica egoísta. Ella misma lo reconoce con pesadumbre en el prólogo a Cartas a mi hija (Alpha Decay): “Comprendí que sólo había una manera de sobrevivir a su tragedia, y era ignorarla”.
El volumen reúne por primera vez en español la correspondencia que Fitzgerald mantuvo con su única descendiente, desde su primer campamento de verano hasta la universidad. Son, sencillamente, piezas tan sabias, delicadas y desnudas, escritas con tanto amor y compresión hacia ella, con tanta esperanza, que resultan desgarradoras. Como apuntó el escritor Malcolm Cowley en una entrevista a The New York Times, cuando Fitzgerald escribe a su hija en Vassar lo hace en el fondo a sí mismo en Princeton, antes de que todo se echara fatalmente a perder y se derrumbara definitivamente. “En la vida, solo creo en las recompensas por la virtud y en los castigos por no cumplir con tus obligaciones, que sin duda se pagan caros”, le escribió el verano de 1933. “¿Le pedirás a la señora Tyson que te deje echar un vistazo a un soneto de Shakespeare donde se lee el verso ‘El lirio que se pudre huele peor que la maleza?”.

“Cartas a mi hija está traspasado de una urgencia y una magia que lo dotan de entidad independientemente de que uno sea o haya sido lector de la obra de Fitzgerald”, señala Ana S. Pareja, editora del libro. “Salvando las distancias, es un testimonio equiparable a las Cartas a mi madre de Sylvia Plath, es apasionante por sí mismo”. Frances Scott Fitzgerald, periodista y escritora que falleció en 1986, se decidió a publicar las misivas en 1965. Tenía 44 años, los mismos que su padre al morir. Un poco harta de escuchar las historias que todo el mundo tenía sobre él decidió contar la suya propia y desempolvar las cartas del cajón donde las había arrinconado durante años. “Cuando llegaban a Vassar, me limitaba a examinarlas en busca de cheques y nuevas y luego las metía en el cajón inferior derecho. Ahora estoy orgullosa de haberlas conservado. Sabía que eran magníficas, y si las conservé no fue, desde luego, por codicia, porque papá era entonces un oscuro escritor sin blanca y nadie podía imaginarse que El gran Gatsby se traduciría a 27 lenguas. Las guardé de la misma manera que uno guarda Guerra y paz para leerla en otro momento o Florencia para visitarla algún día”.

                                              Scottie con su padre, Francis Scott Fitzgerald.

Los peores años empezaron cuando Frances tenía 11 años. A su padre, escribe ella, “el mundo se le empezó a venir encima” y comenzó a tomar forma lo que él enunció en su ensayo El Crack up, ese “lento proceso de demolición” del que ya no escapó nunca. Mientras el alcohol y el fracaso empezaban a dar sus devastadores frutos, él le escribía amorosas cartas a su hija donde le regalaba consejos literarios (“si no logras descomponer un poco tu prosa, se quedará en el nivel del periodista mal pagado”); la animaba a leer y escribir (“en un sentido literario, yo no te podré ayudar más allá de un determinado punto”); a construir un estilo (“no te habría escrito esta carta tan larga si no hubiera atisbado, por debajo del sonsonete de tu cuento, algunas huellas de un ritmo auténtico que tiene el sello de Scottina”); a que fuera una mujer atenta, (“el mundo, por lo general, no habita en playas ni en clubes de golf”); a que tuviese disciplina con sus estudios, al mismo tiempo que se mostraba tolerante con que ella prefiriese bailar, salir con chicos o pedirle dinero (“si no te haces a la idea, te convertirás en una de esas chicas que no saben si son millonarias o pobres de solemnidad. No eres ni lo uno ni lo otro”) y, finalmente, a que comprendiera la terrible tormenta que les acechaba. En una carta fechada en 1938, Fitzgerald le habla a su hija sobre su relación con Zelda, sobre el error que fue casarse con ella, sobre el daño que sin darse cuenta le ha causado: “¿Me harás el favor de leerte esta carta una segunda vez? Yo la reescribí dos veces”, le pide.

En la edición de Alpha Decay, el traductor, Albert Fuentes, ha creado un aparato de notas que en total incluye más de 100 referencias que no están en la edición norteamericana. Para ello, Fuentes ha contado también con Lettere a Scottie, edición italiana de 2003 a cargo del especialista Massimo Bacigalupo, que incluyó 20 cartas inéditas del padre y muchas de la hija que no han visto la luz en Estados Unidos. “Cuando conseguimos tener acceso a estas cartas, ya era demasiado tarde para incluirlas en nuestra edición”, explica Pareja. “Pero ahora también tenemos los derechos y puede que preparemos un pequeño volumen para ofrecer a los lectores en lengua castellana la otra cara de la historia”.

Scottie fue el personaje de uno de los mejores y más trágicos relatos de su padre, Regreso a Babilonia. Un exalcohólico regresa a París a por su hija abandonada, su redención pasa por recuperarla, pero ella es ese horizonte de salvación que de manera inexorable se le escapa. “Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba”, se lee al final del cuento.
En su carta más conocida, Fitzgerald le enumera a su hija (entonces aún en edad escolar) una serie de cosas de las que debe preocuparse y de las que no. “Preocúpate del coraje, de la higiene, de la eficacia, de la equitación... No te preocupes por la opinión de los demás, por las muñecas, por el pasado, por el futuro, por hacerte mayor, porque alguien te supere, por el triunfo, por el fracaso, por los mosquitos, por las moscas, por los insectos en general, por los padres, por los chicos, por las desilusiones, por los placeres, por las satisfacciones...”.
Quizá por eso baste para terminar con hacer caso a la propia Scottie, que cierra su hermoso prólogo también con una recomendación: “Escuchen ahora atentamente a mi padre. Porque da buenos consejos y estoy segura de que, si no hubiera sido mi padre, a quien tanto amé como odié, ahora sería la mujer más cultivada, atractiva, exitosa e inmaculada sobre la faz de la Tierra”.

“Queridísima Scottie” (Diario El Pais)

Fuente
Reproducimos tres de las cartas representativas de distintas épocas. Una aproxima directa a la relación de padre e hija
E. F.-S. Madrid 28 ABR 2013 - 02:02 CET

 El 25 de enero de 1940, Fitzgerald escribe a su hija desde Encino, California:
“Queridísima Scottie:
Habiéndose interrumpido al parecer la comunicación por tu parte, concluyo que estás enamorada. Recuerda: hay una enfermedad terrible que sorprende a las chichas populares a los diecinueve o veinte años llamada bancarrota emocional. Espero que no le estés allanando el terreno. Otra cosa, he recibido una factura de un doctor en la que se incluye una radiografía. ¿Has estado tosiendo? Por favor, dame un poco de información, por escueta que sea. Esta semana me has hecho ganar un dinero porque vendí Regreso a Babilonia, donde eres un personaje, para que hagan una película (la suma recibida no es digna del magnífico cuento —ni tampoco de ti ni de mí—. Sin embargo, la acepto).
Con todo mi amor, como siempre. Papi”
La gestión de adquisición de los derechos de Cartas a mi hija fue complicada, según recuerda la editora Ana S. Pareja. “Los derechos de Fitzgerald están libres en muchos países, pero no en otros, así que es un poco confuso. En España todavía es necesario pagar derechos de autor para publicar casi toda su obra, así que empezamos la negociación para adquirir los derechos de traducción de Letters to His Daughter, que es la única edición estadounidense que existe de las cartas pero que no incluye las cartas de Scottie, sino sólo las del padre".
De Frances tenemos el impagable prólogo que escribió para la edición norteamericana y en el que por primera vez la hija de Fitzgerald hacía pública su historia. Reconocía la culpa (“Al volver la vista atrás, me pregunto por qué no pude ser una hija menos exasperante, más reflexiva, más perseverante y considerada. No soporto pensar que le compliqué aún más las cosas. Quizá por eso he tardado tanto tiempo en escribir sobre él de una manera personal”) y también la rabia: “Durante su último lustro de vida, mi padre no habría podido comprar un libro suyo en una librería y, si lo hubiera pedido, la vendedora le habría devuelto una mirada perpleja por toda respuesta. No soy una persona sentimental, pero una vez, hace unos años, cuando entré en una librería de un pueblo perdido y vi todo un anaquel con títulos de F. Scott Fitzgerald, tan cómodamente instalados como si fueran las obras de Shakespeare, me eché a llorar”.
 El 29 de Julio de 1940 Fitzgerald le escribe a su hija desde Hollywood sobre literatura y materias de estudio (un asunto recurrente en toda la correspondencia). Según destaca el traductor Albert Fuentes en sus notas, falta la primera parte de la carta:
"Sigo con la película de Shirley Temple y continuaré trabajando en ella si un señor muy avaricioso llamado Cowan abre un poco la mano. Si no lo hace, me tomaré una semana de descanso, y no será para mal, porque mi tos se ha convertido en motivo de escándalo público. Me pregunto quién será esa antigua alumna de Westover a la que conociste. No tuve nada que ver con la expulsión de Ginevra, pero así funcionan las leyendas. La culpa fue de algunos chicos de Yale.
Este empleo ha pagado parte del dinero de tu matrícula y ha sido tan arduo ganarlo que detesto verte gastarlo en una asignatura como Prosa inglesa desde el 1800. Cualquiera que no sepa leer la prosa inglesa moderna por su cuenta es un subnormal, y tú lo sabes… […] Por otra parte, no pasas una hora de tu vida actual que no esté directamente influida por el devastador estallido de luz y aire provocado por la lectura de Casa de muñecas de Ibsen. Nora no fue la única que abandonó la casa de muñecas, todas las mujeres de Gene O’Neill la abandonaron también. Sólo que llevaban vestidos más elegantes. En fin, las monsergas de un viejo maestro. Son buenos consejos, corazón, en un campo donde sé lo que me hablo. Si no logras descomponer un poco tu prosa, se quedará en el nivel del periodista mal pagado.
Y tú puedes hacerlo mejor. Te quiere, Papi
P. D.: Entiéndase, creo que las asignaturas de poesía que hiciste en la escuela (y leí los temarios) no eran más que ñoñerías totalmente afeminadas. Pero una visión real de Blake, Keats, etc., te dará cosas que ni siquiera te imaginas. Y ahora es el momento".

                                                           "No te preocupes por.."

 

La primera de las cartas es la más conocida de todas. El escritor se la envía a su hija al campamento de verano en Marylnad el 8 de agosto de 1933.

“Tesoro: Me importa muchísimo que cumplas con tus obligaciones. ¿Querrás enviarme un poco más de documentación sobre tus clases de francés? Me alegra que estés feliz, aunque nunca he creído demasiado en la felicidad. Tampoco he creído nunca en la tristeza. Son cosas que ves sobre un escenario o en la pantalla o en las páginas impresas; nunca te ocurren realmente en la vida.
En la vida, sólo creo en las recompensas por la virtud (según el talento que uno tenga) y en los castigos por no cumplir con tus obligaciones, que sin duda se pagan caros. Si tienen el libro en la biblioteca del campamento, ¿le pedirás a la señora Tyson que te deje echar un vistazo a un soneto de Shakespeare donde se lee el verso «El lirio que se pudre huele peor que la maleza»?
Hoy no he tenido ningún pensamiento, es como si la vida consistiera solamente en armar cuentos para el Saturday Evening Post. Pienso en ti, y siempre de buen
grado, pero si vuelves a llamarme "Papaíto", sacaré a pasear el Gato Blanco y le daré una zurra en el trasero, fuerte, seis veces por cada vez que seas impertinente.
¿Te hará reaccionar?
Yo me ocupo de la factura del campamento.
Como un idiota, voy concluyendo.
Cosas de las que preocuparse:
Preocúpate del coraje.
Preocúpate de la higiene.
Preocúpate de la eficiencia.
Preocúpate de la equitación.
Cosas de las que no preocuparse:
No te preocupes por la opinión de los demás.
No te preocupes por las muñecas.
No te preocupes por el pasado.
No te preocupes por el futuro.
No te preocupes por hacerte mayor.
No te preocupes por que alguien te supere.
No te preocupes por el triunfo.
No te preocupes por el fracaso, a menos que sea culpa tuya.
No te preocupes por los mosquitos.
No te preocupes por las moscas.
No te preocupes por los insectos en general.
No te preocupes por los padres.
No te preocupes por los chicos.
No te preocupes por las desilusiones.
No te preocupes por los placeres.
No te preocupes por las satisfacciones.
Cosas en las que pensar:
¿A qué aspiro realmente?
Si me comparo a mis coetáneos, soy realmente buena con respecto a:
a) El rendimiento académico.
b) ¿Entiendo realmente a las personas y soy capaz de llevarme bien con ellas?
c) ¿Procuro hacer de mi cuerpo un instrumento útil o lo estoy descuidando?
Con todo mi amor, Papi"